martes, 16 de marzo de 2010

Rechazado

Por Ernesto de la Fuente


ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.


El despegue se realizó sin mayores complicaciones. Las dos naves pequeñas se alejaron, en apariencia lentamente, de la nodriza, que permanecía orbitando allí mismo por los próximos 2 años.

Esta vez el aleccionamiento antes de zarpar había sido claro y categórico: tienen que hacerse entender, no podemos perder otro viaje. Cómo es posible que con todos nuestros conocimientos y tecnología, no podamos darles un simple mensaje a esta gente.

Pónganse en el lugar de ellos, traten de pensar como ellos. Puede que a veces les repugne, pero la misión hay que cumplirla. Si no, van a haber miles de muertos, los que nuevamente pesarán sobre nuestra conciencia, ya que pudimos evitar el desastre sin intervenir.

Entre otras cosas, tienen que recordar que ellos están en el año 1977 de su era.

—¿No estaban en el 5737?— preguntó Ariel.

—Esos son los judíos. Los demás lo cambiaron y ahora están en el 1977.

—Pero si ayer bajamos con Miguel y estaban en el 1418.

—No, esos son otros, los árabes que viven al lado.

—Bueno, definitivamente, ¿quién mide el tiempo en ese planeta?

—Eso a ustedes no debe importarles. Sólo sepan que llegarán allá el día 25, del cuarto mes del año de 1977, cuando su sol esté al otro lado.

—¿De noche?

—Sí, próximo al amanecer.

—¿Con luces?

—Sí, con hartas luces.

Esta vez era Ezequiel quien iba al mando de la misión, la que de por sí no lo convencía mucho.

Esos humanos ya llevaban siglos peleándose y matándose cada cierto tiempo, entre ellos. Eso les era inherente. Tratar de impedírselo era trabajo perdido.

Nosotros, a quienes ellos nos llaman Ángeles no podemos intervenir, eso es concluyente. Sin embargo, cada cierto tiempo ocurre lo de ahora. Llega alguien nuevo al Comando, y pretende hacer en un par de años, lo que los que llevamos aquí varios siglos no hemos conseguido hacer: que no se destrocen.

Esta vez se trata de unos pequeños estados o países, al sur de ese continente que tiene forma de pera.

Uno de ellos se dio cuenta que su vecino estaba pasando por apuros, tanto políticos como económicos, por lo que presumió que era el momento preciso para atacarlo y recuperar el suelo, que antes este, en otra matanza, le había arrebatado.

Bueno, si eso pasaba, el otro vecino de más arriba, querría que le devolvieran el mar (si, el mar. Se quitan y se dan el mar), y el de más abajo cavilaría que no le vendrían mal unas pocas islas por el sur, y así la cosa continuaría, hasta terminar en un conflicto continental y, tal vez, incluso mundial.

Aunque ustedes no lo crean, en este peculiar planeta las cosas funcionan así: la naturaleza tiene dueños.

Si usted fuera un humano habitante de cualquiera de esos estados, aún podría comprar un pedazo de suelo, cercarlo y no dejar que otros entren. Incluso hubo un tiempo no muy lejano, en que usted podía comprar a otro humano y obligarlo a trabajar para usted, siempre que tuviera la piel más oscura que la suya. ¿Raro, no?

Eso actualmente, en la mayoría de la superficie del planeta, no ocurre, por lo menos abiertamente, pero como la idea no está tan lejana, siempre queda la tendencia.

A este planeta azul, no es tan fácil de entrar, pues es necesario hacerlo desde los polos, ya que la entrada queda franqueada por dos colosales cinturones de radiación: los Van Allen, como ellos los denominan.

Esta vez se ingresó por el polo sur y luego se remontó la costa hacia el norte magnético del planeta. Normalmente era poco lo que se podía ver, ya que había empezado la noche de 10 horas que era normal en esa época. Sin embargo, retrasando el tiempo en los visores, se podía ver el paisaje de algunas horas antes.

Primero todo era blanco, luego empezaba el azul oscuro del océano y el verde de la costa. Inicialmente, el terreno era quebrado y compuesto mayoritariamente por islas, luego la costa se consolidaba en una línea sinuosa que iba de sur a norte. Qué hermoso. ¡Si sólo supieran conservarlo!

Luego la costa empezaba a perder el verde y a ponerse café amarillenta; se estaban acercando. Se cambiaron los visores a tiempo real, y se taladró la oscuridad con los amplificadores de luz. Todo era quietud.

* * * *

Ese día 24 de Abril de 1977, el capitán del ejército don Luis Solari, estacionado en Piure a 3.500 m de altura, tenía un problema. Había que relevar a la guarnición de pampa Lichima, compuesta por 7 soldados conscriptos, pero el cabo Rodríguez, que era quien debía comandarlos, había perdido franco para visitar a su familia abajo en la ciudad.

Rodríguez, quien era un muy buen elemento, hacía ya tres semanas que no bajaba, así es que por derecho le correspondía un permiso. ¿Quién, entonces, podría comandar a esos pelados?

Empezó a revisar el fichero: Aroca... no, ese estaba en la frontera. Contreras... enfermo de tifus. Marín... a cargo de la patrulla en Orire. Silva, acompañando al coronel Lander. Vázquez... ¿dónde estaba el cabo Vázquez?

—¡Ordenanza!

—Diga mi capitán.

—¿Dónde está Vázquez?

—Hace un rato lo vi en el casino, mi capitán.

—¿Qué hacía?

—Se preparaba para salir de franco, mi capitán.

—Deténgalo, y dígale que se presente aquí inmediatamente.

Así fue como el cabo Amador Vázquez Muñoz, de 32 años, se hizo cargo de la patrulla que esa tarde partió a pampa Lichima.

La idea, francamente, no le entusiasmaba mucho, ya que simplemente se trataba de cuidar caballos.

En ese lugar, el Regimiento guardaba alrededor de cien caballares, los que eventualmente se ausentaban en labores de patrullaje y vigilancia. Ni siquiera portaban armas, ya que éstas se habían destinado a los efectivos que estaban más cerca de la frontera. Sin lugar a dudas ese no era un ejército con muchos recursos.

Una vez que arribaron al lugar, lo primero que ordenó Vázquez a la tropa, fue que buscaran un refugio donde pasar la noche. Allí las temperaturas nocturnas a veces bajaban de los -10°C. No existía ninguna habitación, pero sí algunas murallas cercanas a los corrales.

En un lugar donde se juntaban dos gruesos murallones de barro formando un ángulo recto, quedaba algo de techumbre. Allí ordenó a sus hombres que descargaran sus pertenencias y prepararan un dormitorio.

Lo primero que se hizo fue prender un fuego y sobre él, poner una tetera. El sol ya se estaba poniendo, así es que se designaron las guardias para esa noche. Estas recayeron en los conscriptos Salas y Rojas.

Cómo aún quedaba luz, Vázquez decidió afeitarse, ya que existía la posibilidad que en la mañana pasara el Unimog con algún oficial para revisar la tropa. Le solicitó al conscripto Salas que le diera agua caliente y le preparara los instrumentos para rasurarse.

Se afeitó a conciencia. Luego hubo una pequeña charla con los muchachos, ya que no conocía a ninguno de ellos, y en seguida se acostó.

Lo primero que hizo fue rezar sus oraciones dando gracias al Señor por los sucesos de ese día, y rogando porque el mañana fuera mejor.

El cabo Amador Vázquez era evangélico pentecostal convencido, y en ese sentido, su comportamiento era impecable. Jamás participaba en las consabidas borracheras típicas de los soldados en el día franco, y dentro del ejército su proceder era acorde con sus creencias. Se mantenía soltero, ya que su situación económica así se lo exigía. Estaba contento con lo que hacía y se consideraba un verdadero soldado profesional.

Había aprendido a pensar como militar. Si un superior decía que algo era blanco, blanco tenía que ser, y no había posibilidad de cuestionarlo. En eso descansaba la gran eficiencia del ejército de ese país pobre. Sus hombres estaban realmente convencidos de que sus oficiales eran los mejores y que cuando daban una orden, había que cumplirla, aunque en ello les fuera la vida.

En este caso, sus órdenes eran cuidar los caballos y estar atento a cualquier avance que pudiera hacer el enemigo desde el otro lado de la frontera.

Para eso no contaba con armas de fuego, pero si algo pasaba, él sabría cómo arreglárselas. Increíble, pero así piensa esa gente.

Estaba profundamente dormido, cuando sintió que lo remecían, Era el conscripto Salas que repetía:

—¡Mi cabo! ¡Despierte mi cabo, mire que hay una luz!

Vázquez no entendía.

—¡Despierte mi cabo!, hay una tremenda luz.

Allí despertó el soldado profesional, y de un salto estuvo a la interperie.

Efectivamente, sobre los cerros de la cordillera se veía evolucionar en el cielo a una gran luz de color rojizo que cambiaba al anaranjado. Dio algunas vueltas por la cristalina noche estrellada y luego se estacionó detrás de un cerro, desde donde aún podía verse su resplandor.

Para el cabo Vázquez eso era algo nuevo e inesperado. Más de alguna vez había esperado que avanzara la infantería enemiga, tal vez tanques, pero eso....

El resto del contingente ya se había levantado, y miraban incrédulos hacia el cielo.

De repente, por el oeste apareció otra luminaria. Al mismo tiempo, comenzaron quedamente a relinchar los caballos, quienes con los ojos muy abiertos miraban la luz que se aproximaba.

—¡Todos agarren un palo! —ordenó Vázquez.

La luz bajaba y se acercaba a ellos por el frente.

Vázquez cogió un trozo de leña y avanzó decidido.

No, esos no eran los enemigos que esperaban. Estos eran otros, que venían del cielo en platillos voladores, y si algo venía del cielo y no era de Dios, y no estaba en las escrituras, no había duda: era del Demonio.

Eso, los domingos, su pastor se lo había dejado muy en claro: «Los espíritus de bien no vuelven a la tierra», «no os dejéis engañar por falsas señales», «el Maligno tiene muchas formas de tentar», etc, etc.

En vez de acobardarse, adquirió más fuerzas. Ahora, no solamente estaba defendiendo a su patria, sino que estaba del lado de Dios. ¡Era invencible!

—¡En el nombre de Dios, identifíquese! —gritó, inflando sus pulmones con el gélido aire de la noche. No hubo respuesta.

Levantó el leño y se abalanzó con todas sus fuerzas en contra de la luz.

Miguel tenía al hombre en el centro del visor. Jamás esperó esa reacción, ya que normalmente todos huían.

Inconscientemente, y más bien como una defensa, con el dedo meñique apretó el interruptor de tele-transportación.

Así, de repente, los tres «Ángeles» se encontraron con ese energúmeno dentro de la nave, el que empezó a dar mandobles a diestra y siniestra con el leño.

Podían imaginarse que vendría después: otros siete iguales atacando como animales, así es que lo más prudente era retirarse.

Todo había ocurrido tan rápido, que confundidos, en vez de hacerlo en el espacio, lo hicieron en el tiempo.

Los conscriptos vieron incrédulos cómo la luz se apagaba y allí no quedaba nada. Ni siquiera Vázquez.

—Mi cabo, mi cabo, ¿dónde está? —repetía Salas.

—¡Mi caaaabo!

La oscuridad era total, y frente a ellos sólo estaba el árido y silencioso desierto.

Ezequiel vio que las cosas no estaban saliendo como esperaba.

Atrás habían quedado esos siete, y quizá que podrían hacer en el lapso del tiempo que a ellos les tomaría devolver al que tenían a bordo.

Probablemente tendrían radios, y llamarían a muchos más. Mejor sería dormirlos.

Entretanto el que había subido a bordo, ahora se encontraba con la espalda pegada a la pared divisoria del entrepuente, con los ojos llameantes y blandiendo el trozo de madera.

—Duérmelo —indicó a Ismael. Este tocó un comando y las vibraciones de baja frecuencia invadieron el entrepuente.

Vázquez no resistió.

Lo tomaron con gran facilidad entre Miguel e Ismael y luego lo subieron a la mesa de observación. Esta vez no iban a correr riesgos, así es que lo amarraron con correas en brazos y piernas.

Luego comenzó el escáner médico.

El espécimen no era muy grande, pero sí robusto. Todos sus órganos funcionaban bien, aunque el corazón era algo pequeño. La musculatura era dura, la presión sanguínea estaba disparada y las ondas beta cerebrales eran casi nulas.

Así era muy difícil comunicarse con él, había que esperar que desapareciera esa gran cantidad de adrenalina de su torrente sanguíneo, para que su cerebro recuperara su condición receptora.

Ezequiel estaba molesto. Sin querer había traspasado la barrera del tiempo llevando un pasajero, y ahora devolverlo traería complicaciones. Desgraciadamente, ya nada se podía hacer fuera de esperar.

Rápidamente razonó, y se dio cuenta que convenía mucho más volver a la nave nodriza, que seguir esperando allí en ese limbo de tiempo.

En lo que demoraría en llegar allá, ya el humano habría despertado y se habría calmado. Además allá existían muchos más elementos como para lograr una comunicación telepática, especialidad en la cual él no era muy ducho.

Dio las órdenes pertinentes y las tres naves, con todas sus luces apagadas, volvieron a tiempo real y aceleraron casi verticalmente.

La llegada a la nodriza fue totalmente normal, tal como se venía repitiendo por años, y con ayuda de más personal, bajaron a Vázquez.

Las primeras horas fueron tensas, ya que parecía que, al revés de lo pronosticado, el espécimen no quería despertar.

Finalmente, los monitores empezaron a acusar actividad beta y gama en el cerebro del humano. Parece que volvía.

—Llamen a Rafael, el invitado está despertando —dijo Ariel.

Poco rato después, se formaba una ronda alrededor de la mesa de observación. Todos miraban desde arriba al pobre Vázquez. Rafael dijo lentamente:

—Hermano, tú puedes escucharnos aunque nosotros no hablemos.

No hubo respuesta, sólo los ojos negros de Vázquez se paseaban por las bellas facciones de los presentes.

—Hermano, escúchanos, queremos hablar de paz.

El monitor emitió un pito, y las ondas cerebrales se aceleraron. Nuevamente, se estaba produciendo adrenalina.

—Cálmate hermano, no queremos hacerte daño.

Las ondas seguían acelerándose y ahora aparecieron otras de color amarillo y más quebradas. Se estaba activando el centro de lenguaje. ¡Iba a hablar!

—Escucha hermano, nosotros....

—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —resonó como un trueno la voz de Vázquez.

Nadie esperaba eso, pero con paciencia volvieron a la carga.

—Seguramente estás un poco confundido por estar en este lugar, pero nosotros podemos explicarte que no corres riesgo alguno. El encuentro contigo ha sido casi casual, pero queremos aprovecharlo para enviar contigo un mensaje a tus superiores.

—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —sonó con idéntica entonación que la vez anterior.

—Cálmate, si nosotros sólo queremos....

Ahora Vázquez se retorcía en la camilla, en el scanner sonaban pitos y campanas, se prendían luces rojas y hubiera conseguido liberar uno de sus brazos si no es porque Ariel y Miguel lo sujetaron.

—No hay caso, está muy alterado. Duérmanlo —ordenó Rafael.

—Cálmate hombre, aquí estás entre amigos —le susurró Ariel, dándole unas palmaditas en la cara.

—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento num..... —alcanzó a decir el cabo.

La escena se repitió 5 veces en los próximos tres días. Haría sido muy difícil distinguir que era mayor: la tozudez del milico o la paciencia de los «Ángeles».

Decidieron dejarlo por más tiempo y tratar de relajarlo con música y sedantes. Nadie podía ser tan duro de entendederas.

Al día siguiente, ya la adrenalina había desaparecido totalmente del torrente sanguíneo. Se bloqueó temporalmente el funcionamiento de la médula, de las glándulas suprarrenales, para impedir la producción de adrenalina, sin influir en la corteza, para no alterar la producción de aldosterona. Se le administró fenotiazinas y sonidos tranquilizantes.

Esta vez no había caso, tenía que estar tranquilo. Por muy porfiado que fuera, no podía ir en contra de la biología.

El semblante de Vázquez se notaba más distendido, e incluso, a veces entre sueños sonreía.

Ahora Ezequiel casi podía entender el comportamiento del humano en los días anteriores. Seguramente era muy estresante estar en ese medio desconocido, aislado de sus pares y sumergido en una realidad totalmente desconocida para él.

Trataron de nuevo, esta vez no podían fallar; todos los canales de entrada estaban abiertos, el sistema nervioso relajado y se notaba buena disposición en el sujeto.

—Hermano, ¿nos escuchas?....

Todos vieron reflejarse una amplia sonrisa en la cara de Vázquez.

—Bien, hermano. Nosotros queremos que tú seas portador de un mensaje para evitar una guerra absurda. Ustedes no saben las desastrosas consecuencias que ésta puede traer para las próximas generaciones. ¿Nos entiendes?

La sonrisa en el rostro de Vásquez se agrandó.

—¡Excelente! ¿Estás dispuesto a ayudarnos?

Vázquez comenzó a mover los labios, trataba de decir algo, pero no le salía.

—Hermano, no temas, sólo intentamos ayudarte.

Entonces se escuchó clara, nítida y calmada, la voz del espécimen:

—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —y... siguió sonriendo.

Todos los presentes se miraron entre sí. Era inaudito.

—Algo debe de andar mal, nadie puede ser tan porfiado —dijo desalentado Ariel.

—Tal vez un problema en el centro del lenguaje.... alguna frase incrustada por algún trauma —pensó en voz alta Rafael.

—Probemos.

—Trata tú —dijo Rafael mirando a Ezequiel.

Este comenzó a concentrarse mirando la morena cabeza de Vázquez. Todos estaban expectantes. De repente, Vázquez habló:

—Mi... nombre... es... Ezequiel.

—¡Ves!, resulta —dijo Ariel.

—Sigue —agregó Rafael.

—Estoy hablando por... intermedio de... la... de... de... nuestro amigo..... —decía Vázquez, adoptando los mismos gestos faciales que en esos momentos tenía Ezequiel.

Para todos los presentes, eso era natural y lo único que les extrañaba era que no hablara de corrido. ¡Hasta para eso era difícil!

—Trata con frases más largas —dijo Rafael.

—Es que no sé cómo se llama —dijeron Ezequiel y el cabo Vázquez, al mismo tiempo.

—¡Ahora no se desliga! —opinó Rafael alarmado.

—Es que está subiendo la adrenalina.

—Pero eso no es posible —continuó el dúo.

—Habrá que sedarlo de nuevo —alegó Rafael, molesto.

—¿Y cómo me desligo yo? —reclamaron Vásquez y Ezequiel a coro.

—Al dormirse cesa toda conexión en el hipotálamo, y basta, dejémoslo —terminó Rafael.

Así pasaron otros dos días, y allí recién, los «Ángeles» se dieron por vencidos.

Era imposible tratar de ir en contra de un instinto así. La dura educación militar, combinada con la formación religiosa rígida, habían convertido esa mente en un yunque, contra el cual no se sacaba nada con patear. Habría sido más fácil hacerlo de nuevo, que cambiar esa mentalidad.

Decidieron que había que devolverlo. Esto iba a ser difícil, ya que habría que dejarlo en el mismo espacio y en el mismo tiempo en que se lo habían llevado.

Lo del lugar no era tan difícil, ya que con la asistencia de la nodriza, sólo podrían tener un error de metros, o tal vez de sólo centímetros, pero el instante, eso era otra cosa.

Moverse en el tiempo es difícil, ya que como el tiempo no es constante, dar con el año, mes, día y hora, ya es una proeza. Ahora, cuando se quiere coincidir en el minuto exacto, eso es sólo obra de especialistas, y Ezequiel creía ser uno de ellos.

Empezaron el viaje de regreso con su pasajero, y al abandonar la costa y comenzar a internarse en el altiplano, se inició la distorsión temporal. Al llegar a pampa Lichima, estaban sólo 55 minutos adelantados.

Buscaron el lugar: 69. 27. 32. 17. 45. 18. Comenzaron a retroceder en el tiempo, lento, muy lento.

Todo quedó funcionado en automático y los tres se dirigieron a soltar las ataduras de Vásquez. Éste se encontraba amodorrado y los miró sonriente.

Lo bajaron de la mesa de observación y le ayudaron a caminar hacia la salida de transferencia, que se encontraba en la parte baja del centro mismo de la nave.

El cabo Vázquez caminaba erguido, sin embargo su cabeza apenas sobrepasaba la altura del codo de sus captores.

Mientras Ariel e Ismael sostenían a Vázquez, uno de cada brazo, Ezequiel se adelantó un paso para observar los números del contador que estaba en la parte superior de la salida.

—Nos faltan 10 metros y estamos 45 segundos antes —leía Ezequiel.

Vázquez quedó relajado como un muñeco repetía:

—....segundos antes....

—Siete metros y 15 segundos.

En ese instante, todos los músculos de Vázquez se tensaron como una cuerda de violín, repentinamente empujó hacia atrás, y afirmándose en sus dos captores elevó sus piernas propinando un limpio puntapié en la cara de Ezequiel.

Este se fue de espaldas justo en los momentos en que el contador aparecía T = 0, es decir que habían llegado al instante indicado.

—¡Bótenlo! —gritó Ezequiel desde el suelo.

Vázquez forcejeaba codo a codo con sus captores, a pesar de su patente inferioridad física.

—¡No se puede, aún estamos a más de 6 metros del suelo! —alegaba Ariel.

—¡Bótenlo! —insistía Ezequiel— ¡Se va a pasar el tiempo!

Ariel e Ismael hacían lo posible, pero la resistencia de Vázquez era dura.

T = +7 —gritaba Ezequiel— Nos estamos pasando, bótenlo.

Por fin lograron asir de la ropa a Vázquez y entre los tres, a duras penas lo empujaron al centro del agujero negro que había al centro de la habitación.

Finalmente, Vázquez cayó.

—¿Tiempo? —preguntó Ezequiel, exasperado.

T = +15, pero cayó de 4 metros de altura —dijo Ariel apesadumbrado.

—Espero que no se haya matado —replicó Ismael.

Los soldados conscriptos llevaban ya 15 minutos vagando adormecidos por la noche altiplánica, cuando vieron que repentinamente aparecía una sombra sobre ellos que tapaba las estrellas. Aún no se daban bien cuenta de lo que ocurría, cuando algo pesado como un saco cayó detrás de ellos.

—¿Qué pasa? —gritó Rojas.

—¡Es mi cabo! —gritó Soto.

Todos se dieron vuelta hacia donde había caído el bulto y ayudaron a pararse al cabo Vázquez.

Arriba Ezequiel volvió a los comandos de la nave, haciéndola ascender y alejarse algunos metros de los soldados, para allí poder estabilizar todo el estropicio causado por Vázquez. No fuera a ser que a estos otros siete salvajes también se les ocurriera atacar.

Su boca sangraba levemente, y se le notaba alterado.

—Aquí quedó el palo con que subió. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Ismael.

—¡¡Bótalo para abajo también... y ojalá que se lo meta....!!

—¡¡¡Ezequiel!!!

—¡Qué Ezequiel!, si me rompió el labio y parece que me soltó un diente... ¡Como a ti no te atacó...!

—¡¡Ezequiel, recuerda quién eres!!

—¡Cómo pueden decir que estos también son humanos! ¡Viste cómo me agredió!

Esta no era la primera vez que Ezequiel recibía una herida en el cumplimiento de su labor, pero desde que había adquirido la calidad de «Ángel», esta era la primera vez que alguien lo hería intencionalmente. Incluso le había brotado sangre, ese precioso y sagrado fluido, cuyas propiedades estos ignorantes desconocían.

—Así jamás podremos acercarnos a ellos, son unos animales —reclamaba Ezequiel.

—Cálmate hombre. Fue un error. ¡Pero tú no puedes reaccionar así!

—¿Cómo quieres que reaccione? Tratas de ayudarlos y te patean en el rostro. Así nunca sabrán quienes somos y de donde venimos....

Abajo los conscriptos se habían reunido alrededor del cabo Vázquez, quien paseaba su perdida mirada por los rostros de los espantados soldados, mascullando palabras ininteligibles:

—....as podre.. ..nos aell... —balbucía haciendo gestos de enojo.

—Está delirando —dijo el chico Rojas.

—¡Mírale la barba! —terció Salas.

—¡Pero si recién se había afeitado!

—....nunca sabrán quienes somos.... nunca sabrán quienes somos y de donde venimos... Así nunca sabr.... nunca —seguía Vázquez.

—Está delirando —gritaron varios.

—....acercarnos... son unos ignorantes.... nunca sabrán.... quienes somos y de donde venimos.

—¡Es un mensaje! —gritó el Flaco Pérez.

—¡Quedó hueviáo! —indicó el Chilote Barría.

—...nunca sabrán quiénes somos y de dónde venimos....
El Huaso Robles era uno de los pocos que aún conservaba la calma y que todavía no había dicho nada. Se acercó, se enderezó sobre su metro ochenta y sin decir aguavá, le encajó un derechazo en plena mandíbula.

Vázquez cayó inconsciente.

Allí pudieron observar con más detenimiento su rostro. Estaba más flaco y desencajado, pero lo más extraño era su barba. ¡Estaba crecida como de cinco días! siendo que todos lo habían visto afeitándose sólo unas pocas horas antes.

Arriba, en la nave había un sabor amargo. Nada había resultado.

Ezequiel, arrepentido de su exabrupto, oraba.

Como a las seis de la mañana del día 25 de Abril de 1977, cuando poco faltaba para que el sol apareciese, la nave, sin luces, comenzó a retirarse.

Los caballos otra vez relincharon suavemente, como cómplices, con sus grandes ojos negros fijos en ese punto que se alejaba. Ellos comprendían...

1 comentario:

  1. Extraordinario; felicitaciones Xentor.
    Seguí el relato del Cabo Valdés a la par de conocer de Friendship y es muy sabroso relacionar ambos relatos.

    ResponderEliminar