Espacios dedicados al Caso Friendship y temas afines entre el 8 y 10 de Septiembre del 2014 en el programa de televisión «Así Somos», del Canal «La Red» de Chile, en donde se llegó a entrevistar a Octavio Ortiz, quien presentó un par de grabaciones inéditas de las conversaciones de su familia con los Amigos de la isla.
Hacia Junio de 1985, la Familia Ortiz contacta por radio de banda ciudadana con Alberto, capitán del yate Mitylus II, quien más tarde les presentará a los Friendship.
El 17 de Agosto de ese año, es cuando se produce el famoso Avistamiento Masivo. Hacia las 14:30 ó 15 hrs, la Estación Lucero, como se llamaba la Frecuencia de los Ortiz, recibe un nuevo llamado radial de Friendship. Contesta Claudia, la hija menor de Octavio. El mensaje es:
—Salgan afuera y miren al cielo.
La familia sale, y se encuentra un extraño aparato suspendido en el cielo. Por radio, la Estación Friendship anticipa una serie de movimientos, que el aparato efectivamente realiza, demostrando así que el objeto está siendo controlado por ellos.
El aparato, a su vez, es visto en todo Santiago de Chile, y hasta es transmitido en vivo por la televisión.
Ante las continuas demostraciones de poder psíquico y tecnológico de los Friendship, el 2 de Diciembre, Cristina, la esposa de Octavio, le pregunta por radio a Ariel de Friendship, si ellos son Extraterrestres. Ariel responde:
—Tal vez algo fuera del planeta... Tal vez algo fuera del planeta, pero no fuera de la Humanidad. Somos miembros de la Humanidad.
El 4 de Abril de 1989, a raíz de una enfermedad grave de Octavio, la familia es invitada a la isla para su tratamiento y curación. Sin embargo, por miedo, Octavio desiste de ir.
Extraterrestres y humanos convivirían en la Isla Friendship (1)
Extraterrestres y humanos convivirían en la Isla Friendship (2)
Lugares utilizados por Extraterrestres
Octavio Ortiz nos habla sobre la Isla Friendship
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viernes, 12 de septiembre de 2014
jueves, 10 de mayo de 2012
La Última Entrevista a Stefano Breccia (Caso Amicizia)
Uno de estos contactados fue el científico Stefano Breccia, quien publicó el 2007 el libro «Contacto en Masa» (sólo en italiano e inglés, por ahora), en donde cuenta todo lo ocurrido en esa época, además de exponer fotografías de naves y seres, y otros indicios para avalar el Caso. Recientemente, el 2 de Marzo del 2012, el Profesor Breccia ha muerto de cáncer, dejándonos este importante legado.
En los siguientes videos veremos notas del programa de TV «Tercer Milenio», de México, en los que se recuerda una entrevista que había dado hacía un par de años para este programa. Finalmente, un video con su última entrevista, concedida al periodista Johannan Díaz, también de México, en Febrero del 2012, con la participación de los investigadores Pier Giorgio Caria, de Italia, y Jaime Maussan, de México.
En dicha entrevista, se revela importante información: Los Amigos de Amicizia serían Extraterrestres que considerarían a la Tierra como uno de los 50 «Planetas Madre» en que se originó y desarrolló la Vida Inteligente en este Sector Galáctico, para luego partir a formar Colonias en lugares como el Cúmulo Estelar de las Pléyades, desde donde vendría la mayoría de los miembros del «Proyecto Friendship».
Su aspecto es bastante humano, variando sólo en los tamaños, que van desde los 20 cms, hasta los 3,5 mts, habiendo varios de ellos que tienen un rango de tamaños igual al terrestre. Estos seres habrían venido hace unas décadas a la Tierra en un número de 600, para luego repartirse en 12 grupos de 50, en países como Rusia, Alemania, Austria, Francia, Italia, Argentina, Chile, etc.
El grupo Amicizia, que se estableció en Italia, tenía Bases Secretas cercanas a la ciudad de Pescara, en la que llegaron a convivir con sus pobladores. Muchos de ellos se casaron con mujeres terrestres, y formaron familias con ellas.
En la entrevista, también sale a relucir la posibilidad de que el propio Albert Einstein haya estado en contacto con los Friendship.
Habla Stefano Breccia (Parte 1)
Habla Stefano Breccia (Parte 2)
La Última Entrevista de Stefano Breccia
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domingo, 18 de marzo de 2012
TRITÓN: La Luna Azul desprendida de Nibiru
Por Xentor Xentinel
Según Isabel López, quien asegura tener contacto con los Amigos de Friendship, éstos tendrían una Base Orbital girando en torno a Tritón, uno de los satélites de Neptuno. Resulta curioso, pues, que el filólogo y erudito Zecharia Sitchin, sugiriese que Tritón se habría formado hace 4.000 millones de años, a partir de un brote de materia del Planeta Nibiru, de donde provendrían los Anunnaki, «Aquellos que Descendieron del Cielo a la Tierra».
Según las Tablillas de Arcilla del Enuma Elish, la Epopeya de la Creación Babilónica, cuando el dios Marduk pasó junto al dios Ea, en el Principio de los Tiempos, le salió una protuberancia al costado, «como si tuviera una segunda cabeza».
Para Sitchin, Marduk representa aquí a Nibiru, el cuál erraba por el Espacio, hasta que fue atraído hacia el interior de nuestro Sistema Solar hace unos 4.000 millones de años. A su vez, Ea representaría al planeta Neptuno.
Sitchin sugiere que esta «protuberancia» que le salió a Nibiru al pasar junto a Neptuno, se convirtió en su actual satélite Tritón. «Un detalle que nos lleva a sospecharlo seriamente», explica en su libro 'El Génesis Revisado', «es el hecho de que Nibiru/Marduk entrara en el Sistema Solar con una órbita retrógrada (en el sentido de las agujas del reloj), al revés que todos los demás planetas. Sólo este detalle sumerio, según el cual el planeta invasor se movía en contra del movimiento orbital de todos los demás planetas, puede explicar el movimiento retrógrado de Tritón, las órbitas extremadamente elípticas de otros satélites y cometas, y el resto de acontecimientos importantes [...]».
Tritón —que tiene un diámetro similar a nuestra Luna, siendo sólo 650 Kms más pequeña—, es una «Luna Azul», apariencia resultante del metano de su atmósfera. ¿Una Luna Azul? Esto me recuerda cuando Claudia Ortiz me dijo, en una entrevista («Entrevista a Claudia Ortiz») que los Amigos de Friendship le habían mencionado algo sobre una Luna Azul, y que si ellos estuvieran en la isla, podrían verla y conocerla. Tal vez sólo coincidencia... O tal vez algo más.
En Tritón, unas extrañas «líneas rugosas dobles» discurren en línea recta a lo largo de centenares de kilómetros y que, en uno o dos puntos, interseccionan en lo que parecen ser ángulos rectos, sugiriendo áreas rectangulares (¿Tendrá esto algo que ver con la Base Orbital de la que habla Isabel?).
Otra curiosidad: En la mitología griega, Tritón, al igual que su padre Poseidón, llevaba un Tridente. Y el Tridente, según Isabel y otras fuentes, es el emblema de la Congregación Friendship.
El Planeta X: Zecharia Sitchin y el Dr. Robert Harrington
Según Isabel López, quien asegura tener contacto con los Amigos de Friendship, éstos tendrían una Base Orbital girando en torno a Tritón, uno de los satélites de Neptuno. Resulta curioso, pues, que el filólogo y erudito Zecharia Sitchin, sugiriese que Tritón se habría formado hace 4.000 millones de años, a partir de un brote de materia del Planeta Nibiru, de donde provendrían los Anunnaki, «Aquellos que Descendieron del Cielo a la Tierra».Según las Tablillas de Arcilla del Enuma Elish, la Epopeya de la Creación Babilónica, cuando el dios Marduk pasó junto al dios Ea, en el Principio de los Tiempos, le salió una protuberancia al costado, «como si tuviera una segunda cabeza».
Para Sitchin, Marduk representa aquí a Nibiru, el cuál erraba por el Espacio, hasta que fue atraído hacia el interior de nuestro Sistema Solar hace unos 4.000 millones de años. A su vez, Ea representaría al planeta Neptuno.
Sitchin sugiere que esta «protuberancia» que le salió a Nibiru al pasar junto a Neptuno, se convirtió en su actual satélite Tritón. «Un detalle que nos lleva a sospecharlo seriamente», explica en su libro 'El Génesis Revisado', «es el hecho de que Nibiru/Marduk entrara en el Sistema Solar con una órbita retrógrada (en el sentido de las agujas del reloj), al revés que todos los demás planetas. Sólo este detalle sumerio, según el cual el planeta invasor se movía en contra del movimiento orbital de todos los demás planetas, puede explicar el movimiento retrógrado de Tritón, las órbitas extremadamente elípticas de otros satélites y cometas, y el resto de acontecimientos importantes [...]».
Tritón —que tiene un diámetro similar a nuestra Luna, siendo sólo 650 Kms más pequeña—, es una «Luna Azul», apariencia resultante del metano de su atmósfera. ¿Una Luna Azul? Esto me recuerda cuando Claudia Ortiz me dijo, en una entrevista («Entrevista a Claudia Ortiz») que los Amigos de Friendship le habían mencionado algo sobre una Luna Azul, y que si ellos estuvieran en la isla, podrían verla y conocerla. Tal vez sólo coincidencia... O tal vez algo más.En Tritón, unas extrañas «líneas rugosas dobles» discurren en línea recta a lo largo de centenares de kilómetros y que, en uno o dos puntos, interseccionan en lo que parecen ser ángulos rectos, sugiriendo áreas rectangulares (¿Tendrá esto algo que ver con la Base Orbital de la que habla Isabel?).
Otra curiosidad: En la mitología griega, Tritón, al igual que su padre Poseidón, llevaba un Tridente. Y el Tridente, según Isabel y otras fuentes, es el emblema de la Congregación Friendship.
El Planeta X: Zecharia Sitchin y el Dr. Robert Harrington
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domingo, 8 de enero de 2012
Orígenes de la Congregación Friendship
Por Xentor Xentinel
Un pequeño resumen, para los que querían saber cuál es mi visión personal sobre Friendship... Empecemos repasando aquel pasaje del Génesis:
Esta Raza de Semidioses fundó la Civilización Atlante, y prosperó hasta que el Gran Diluvio, hace más de 12.000 años, acabó con la mayoría de ellos. Posteriormente, otros Dingir volvieron a cruzarse con los hijos e hijas de los hombres, creando una serie de Linajes especiales.
Hoy, una misteriosa organización que se hace llamar «Congregación Friendship» («Amistad», en inglés), parece estar buscando hoy a algunos de los descendientes de dichos Linajes. Sus miembros suelen ser de aspecto Ario, como los Dingir, y parecen estar en contacto con Alienígenas, a quienes se refieren como «Los Ángeles del Señor». Como emblema, usan el Tridente, que era el mismo emblema de Poseidón y la Atlántida.
Tienen una Base Secreta Subterránea en alguna de las miles de islas del Archipiélago de los Chonos, en el Sur de Chile; se cree que está ubicada por el Paralelo 45, en la Región de Aysén. Desde ahí hablaron por Radio de Banda Ciudadana con mucha gente, tal vez miles, durante los años 80 y 90.
También se cree que tienen más Bases en otros puntos del mundo. En los últimos años, se destapó el Caso Amicizia («Amistad», en italiano), en el que muchos italianos afirmaron haber mantenido contacto con supuestos Alienígenas que vivieron en una Base Submarina en el Mar Adriático entre 1956 y 1978. Aquella pudo haber sido otra de las Bases Friendship.
Poco se sabe de la Congregación Friendship, pues sus miembros actúan con gran discreción, pero tenemos los testimonios de las pocas personas que se han atrevido a hablar públicamente de sus experiencias con estos misteriosos y elusivos personajes.
Un pequeño resumen, para los que querían saber cuál es mi visión personal sobre Friendship... Empecemos repasando aquel pasaje del Génesis:«Aconteció que cuando los Adam [terrestres] comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra y les nacieron hijas, al ver los Hijos de los Elohim [Elevados] que las hijas de los terrestres les eran compatibles, tomaron para sí esposas, de entre las que eligieron [...]. Los Nefilim ['Los Que Descendieron', los Anunnaki] estaban sobre la Tierra en aquellos días, y también después, cuando los Hijos de los Elohim cohabitaron con las hijas de los terrestres, y ellas les dieron hijos. Éstos fueron los Poderosos de Olam [el Planeta Nibiru], el Pueblo del Shem [Naves Espaciales]» (Génesis 6:1-4).Hace 52.000 años, los Igigi ó Vigilantes de Marte, un grupo de 200 Dingir (Humanos del Planeta Nibiru) asignados a aquel planeta, decidieron descender a la Tierra, y tomar mujeres de la Tierra como esposas, para formar familias con ellas. De dichas uniones surgieron los MESH o Estekna, los famosos Semidioses de la antigüedad.
Esta Raza de Semidioses fundó la Civilización Atlante, y prosperó hasta que el Gran Diluvio, hace más de 12.000 años, acabó con la mayoría de ellos. Posteriormente, otros Dingir volvieron a cruzarse con los hijos e hijas de los hombres, creando una serie de Linajes especiales.
Hoy, una misteriosa organización que se hace llamar «Congregación Friendship» («Amistad», en inglés), parece estar buscando hoy a algunos de los descendientes de dichos Linajes. Sus miembros suelen ser de aspecto Ario, como los Dingir, y parecen estar en contacto con Alienígenas, a quienes se refieren como «Los Ángeles del Señor». Como emblema, usan el Tridente, que era el mismo emblema de Poseidón y la Atlántida.Tienen una Base Secreta Subterránea en alguna de las miles de islas del Archipiélago de los Chonos, en el Sur de Chile; se cree que está ubicada por el Paralelo 45, en la Región de Aysén. Desde ahí hablaron por Radio de Banda Ciudadana con mucha gente, tal vez miles, durante los años 80 y 90.
También se cree que tienen más Bases en otros puntos del mundo. En los últimos años, se destapó el Caso Amicizia («Amistad», en italiano), en el que muchos italianos afirmaron haber mantenido contacto con supuestos Alienígenas que vivieron en una Base Submarina en el Mar Adriático entre 1956 y 1978. Aquella pudo haber sido otra de las Bases Friendship.
Poco se sabe de la Congregación Friendship, pues sus miembros actúan con gran discreción, pero tenemos los testimonios de las pocas personas que se han atrevido a hablar públicamente de sus experiencias con estos misteriosos y elusivos personajes.
martes, 16 de marzo de 2010
Rechazado
Por Ernesto de la Fuente
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.
El despegue se realizó sin mayores complicaciones. Las dos naves pequeñas se alejaron, en apariencia lentamente, de la nodriza, que permanecía orbitando allí mismo por los próximos 2 años.
Esta vez el aleccionamiento antes de zarpar había sido claro y categórico: tienen que hacerse entender, no podemos perder otro viaje. Cómo es posible que con todos nuestros conocimientos y tecnología, no podamos darles un simple mensaje a esta gente.
Pónganse en el lugar de ellos, traten de pensar como ellos. Puede que a veces les repugne, pero la misión hay que cumplirla. Si no, van a haber miles de muertos, los que nuevamente pesarán sobre nuestra conciencia, ya que pudimos evitar el desastre sin intervenir.
Entre otras cosas, tienen que recordar que ellos están en el año 1977 de su era.
—¿No estaban en el 5737?— preguntó Ariel.
—Esos son los judíos. Los demás lo cambiaron y ahora están en el 1977.
—Pero si ayer bajamos con Miguel y estaban en el 1418.
—No, esos son otros, los árabes que viven al lado.
—Bueno, definitivamente, ¿quién mide el tiempo en ese planeta?
—Eso a ustedes no debe importarles. Sólo sepan que llegarán allá el día 25, del cuarto mes del año de 1977, cuando su sol esté al otro lado.
—¿De noche?
—Sí, próximo al amanecer.
—¿Con luces?
—Sí, con hartas luces.
Esta vez era Ezequiel quien iba al mando de la misión, la que de por sí no lo convencía mucho.
Esos humanos ya llevaban siglos peleándose y matándose cada cierto tiempo, entre ellos. Eso les era inherente. Tratar de impedírselo era trabajo perdido.
Nosotros, a quienes ellos nos llaman Ángeles no podemos intervenir, eso es concluyente. Sin embargo, cada cierto tiempo ocurre lo de ahora. Llega alguien nuevo al Comando, y pretende hacer en un par de años, lo que los que llevamos aquí varios siglos no hemos conseguido hacer: que no se destrocen.
Esta vez se trata de unos pequeños estados o países, al sur de ese continente que tiene forma de pera.
Uno de ellos se dio cuenta que su vecino estaba pasando por apuros, tanto políticos como económicos, por lo que presumió que era el momento preciso para atacarlo y recuperar el suelo, que antes este, en otra matanza, le había arrebatado.
Bueno, si eso pasaba, el otro vecino de más arriba, querría que le devolvieran el mar (si, el mar. Se quitan y se dan el mar), y el de más abajo cavilaría que no le vendrían mal unas pocas islas por el sur, y así la cosa continuaría, hasta terminar en un conflicto continental y, tal vez, incluso mundial.
Aunque ustedes no lo crean, en este peculiar planeta las cosas funcionan así: la naturaleza tiene dueños.
Si usted fuera un humano habitante de cualquiera de esos estados, aún podría comprar un pedazo de suelo, cercarlo y no dejar que otros entren. Incluso hubo un tiempo no muy lejano, en que usted podía comprar a otro humano y obligarlo a trabajar para usted, siempre que tuviera la piel más oscura que la suya. ¿Raro, no?
Eso actualmente, en la mayoría de la superficie del planeta, no ocurre, por lo menos abiertamente, pero como la idea no está tan lejana, siempre queda la tendencia.
A este planeta azul, no es tan fácil de entrar, pues es necesario hacerlo desde los polos, ya que la entrada queda franqueada por dos colosales cinturones de radiación: los Van Allen, como ellos los denominan.
Esta vez se ingresó por el polo sur y luego se remontó la costa hacia el norte magnético del planeta. Normalmente era poco lo que se podía ver, ya que había empezado la noche de 10 horas que era normal en esa época. Sin embargo, retrasando el tiempo en los visores, se podía ver el paisaje de algunas horas antes.
Primero todo era blanco, luego empezaba el azul oscuro del océano y el verde de la costa. Inicialmente, el terreno era quebrado y compuesto mayoritariamente por islas, luego la costa se consolidaba en una línea sinuosa que iba de sur a norte. Qué hermoso. ¡Si sólo supieran conservarlo!
Luego la costa empezaba a perder el verde y a ponerse café amarillenta; se estaban acercando. Se cambiaron los visores a tiempo real, y se taladró la oscuridad con los amplificadores de luz. Todo era quietud.
Ese día 24 de Abril de 1977, el capitán del ejército don Luis Solari, estacionado en Piure a 3.500 m de altura, tenía un problema. Había que relevar a la guarnición de pampa Lichima, compuesta por 7 soldados conscriptos, pero el cabo Rodríguez, que era quien debía comandarlos, había perdido franco para visitar a su familia abajo en la ciudad.
Rodríguez, quien era un muy buen elemento, hacía ya tres semanas que no bajaba, así es que por derecho le correspondía un permiso. ¿Quién, entonces, podría comandar a esos pelados?
Empezó a revisar el fichero: Aroca... no, ese estaba en la frontera. Contreras... enfermo de tifus. Marín... a cargo de la patrulla en Orire. Silva, acompañando al coronel Lander. Vázquez... ¿dónde estaba el cabo Vázquez?
—¡Ordenanza!
—Diga mi capitán.
—¿Dónde está Vázquez?
—Hace un rato lo vi en el casino, mi capitán.
—¿Qué hacía?
—Se preparaba para salir de franco, mi capitán.
—Deténgalo, y dígale que se presente aquí inmediatamente.
Así fue como el cabo Amador Vázquez Muñoz, de 32 años, se hizo cargo de la patrulla que esa tarde partió a pampa Lichima.
La idea, francamente, no le entusiasmaba mucho, ya que simplemente se trataba de cuidar caballos.
En ese lugar, el Regimiento guardaba alrededor de cien caballares, los que eventualmente se ausentaban en labores de patrullaje y vigilancia. Ni siquiera portaban armas, ya que éstas se habían destinado a los efectivos que estaban más cerca de la frontera. Sin lugar a dudas ese no era un ejército con muchos recursos.
Una vez que arribaron al lugar, lo primero que ordenó Vázquez a la tropa, fue que buscaran un refugio donde pasar la noche. Allí las temperaturas nocturnas a veces bajaban de los -10°C. No existía ninguna habitación, pero sí algunas murallas cercanas a los corrales.
En un lugar donde se juntaban dos gruesos murallones de barro formando un ángulo recto, quedaba algo de techumbre. Allí ordenó a sus hombres que descargaran sus pertenencias y prepararan un dormitorio.
Lo primero que se hizo fue prender un fuego y sobre él, poner una tetera. El sol ya se estaba poniendo, así es que se designaron las guardias para esa noche. Estas recayeron en los conscriptos Salas y Rojas.
Cómo aún quedaba luz, Vázquez decidió afeitarse, ya que existía la posibilidad que en la mañana pasara el Unimog con algún oficial para revisar la tropa. Le solicitó al conscripto Salas que le diera agua caliente y le preparara los instrumentos para rasurarse.
Se afeitó a conciencia. Luego hubo una pequeña charla con los muchachos, ya que no conocía a ninguno de ellos, y en seguida se acostó.
Lo primero que hizo fue rezar sus oraciones dando gracias al Señor por los sucesos de ese día, y rogando porque el mañana fuera mejor.
El cabo Amador Vázquez era evangélico pentecostal convencido, y en ese sentido, su comportamiento era impecable. Jamás participaba en las consabidas borracheras típicas de los soldados en el día franco, y dentro del ejército su proceder era acorde con sus creencias. Se mantenía soltero, ya que su situación económica así se lo exigía. Estaba contento con lo que hacía y se consideraba un verdadero soldado profesional.
Había aprendido a pensar como militar. Si un superior decía que algo era blanco, blanco tenía que ser, y no había posibilidad de cuestionarlo. En eso descansaba la gran eficiencia del ejército de ese país pobre. Sus hombres estaban realmente convencidos de que sus oficiales eran los mejores y que cuando daban una orden, había que cumplirla, aunque en ello les fuera la vida.
En este caso, sus órdenes eran cuidar los caballos y estar atento a cualquier avance que pudiera hacer el enemigo desde el otro lado de la frontera.
Para eso no contaba con armas de fuego, pero si algo pasaba, él sabría cómo arreglárselas. Increíble, pero así piensa esa gente.
Estaba profundamente dormido, cuando sintió que lo remecían, Era el conscripto Salas que repetía:
—¡Mi cabo! ¡Despierte mi cabo, mire que hay una luz!
Vázquez no entendía.
—¡Despierte mi cabo!, hay una tremenda luz.
Allí despertó el soldado profesional, y de un salto estuvo a la interperie.
Efectivamente, sobre los cerros de la cordillera se veía evolucionar en el cielo a una gran luz de color rojizo que cambiaba al anaranjado. Dio algunas vueltas por la cristalina noche estrellada y luego se estacionó detrás de un cerro, desde donde aún podía verse su resplandor.
Para el cabo Vázquez eso era algo nuevo e inesperado. Más de alguna vez había esperado que avanzara la infantería enemiga, tal vez tanques, pero eso....
El resto del contingente ya se había levantado, y miraban incrédulos hacia el cielo.
De repente, por el oeste apareció otra luminaria. Al mismo tiempo, comenzaron quedamente a relinchar los caballos, quienes con los ojos muy abiertos miraban la luz que se aproximaba.
—¡Todos agarren un palo! —ordenó Vázquez.
La luz bajaba y se acercaba a ellos por el frente.
Vázquez cogió un trozo de leña y avanzó decidido.
No, esos no eran los enemigos que esperaban. Estos eran otros, que venían del cielo en platillos voladores, y si algo venía del cielo y no era de Dios, y no estaba en las escrituras, no había duda: era del Demonio.
Eso, los domingos, su pastor se lo había dejado muy en claro: «Los espíritus de bien no vuelven a la tierra», «no os dejéis engañar por falsas señales», «el Maligno tiene muchas formas de tentar», etc, etc.
En vez de acobardarse, adquirió más fuerzas. Ahora, no solamente estaba defendiendo a su patria, sino que estaba del lado de Dios. ¡Era invencible!
—¡En el nombre de Dios, identifíquese! —gritó, inflando sus pulmones con el gélido aire de la noche. No hubo respuesta.
Levantó el leño y se abalanzó con todas sus fuerzas en contra de la luz.
Miguel tenía al hombre en el centro del visor. Jamás esperó esa reacción, ya que normalmente todos huían.
Inconscientemente, y más bien como una defensa, con el dedo meñique apretó el interruptor de tele-transportación.
Así, de repente, los tres «Ángeles» se encontraron con ese energúmeno dentro de la nave, el que empezó a dar mandobles a diestra y siniestra con el leño.
Podían imaginarse que vendría después: otros siete iguales atacando como animales, así es que lo más prudente era retirarse.
Todo había ocurrido tan rápido, que confundidos, en vez de hacerlo en el espacio, lo hicieron en el tiempo.
Los conscriptos vieron incrédulos cómo la luz se apagaba y allí no quedaba nada. Ni siquiera Vázquez.
—Mi cabo, mi cabo, ¿dónde está? —repetía Salas.
—¡Mi caaaabo!
La oscuridad era total, y frente a ellos sólo estaba el árido y silencioso desierto.
Ezequiel vio que las cosas no estaban saliendo como esperaba.
Atrás habían quedado esos siete, y quizá que podrían hacer en el lapso del tiempo que a ellos les tomaría devolver al que tenían a bordo.
Probablemente tendrían radios, y llamarían a muchos más. Mejor sería dormirlos.
Entretanto el que había subido a bordo, ahora se encontraba con la espalda pegada a la pared divisoria del entrepuente, con los ojos llameantes y blandiendo el trozo de madera.
—Duérmelo —indicó a Ismael. Este tocó un comando y las vibraciones de baja frecuencia invadieron el entrepuente.
Vázquez no resistió.
Lo tomaron con gran facilidad entre Miguel e Ismael y luego lo subieron a la mesa de observación. Esta vez no iban a correr riesgos, así es que lo amarraron con correas en brazos y piernas.
Luego comenzó el escáner médico.
El espécimen no era muy grande, pero sí robusto. Todos sus órganos funcionaban bien, aunque el corazón era algo pequeño. La musculatura era dura, la presión sanguínea estaba disparada y las ondas beta cerebrales eran casi nulas.
Así era muy difícil comunicarse con él, había que esperar que desapareciera esa gran cantidad de adrenalina de su torrente sanguíneo, para que su cerebro recuperara su condición receptora.
Ezequiel estaba molesto. Sin querer había traspasado la barrera del tiempo llevando un pasajero, y ahora devolverlo traería complicaciones. Desgraciadamente, ya nada se podía hacer fuera de esperar.
Rápidamente razonó, y se dio cuenta que convenía mucho más volver a la nave nodriza, que seguir esperando allí en ese limbo de tiempo.
En lo que demoraría en llegar allá, ya el humano habría despertado y se habría calmado. Además allá existían muchos más elementos como para lograr una comunicación telepática, especialidad en la cual él no era muy ducho.
Dio las órdenes pertinentes y las tres naves, con todas sus luces apagadas, volvieron a tiempo real y aceleraron casi verticalmente.
La llegada a la nodriza fue totalmente normal, tal como se venía repitiendo por años, y con ayuda de más personal, bajaron a Vázquez.
Las primeras horas fueron tensas, ya que parecía que, al revés de lo pronosticado, el espécimen no quería despertar.
Finalmente, los monitores empezaron a acusar actividad beta y gama en el cerebro del humano. Parece que volvía.
—Llamen a Rafael, el invitado está despertando —dijo Ariel.
Poco rato después, se formaba una ronda alrededor de la mesa de observación. Todos miraban desde arriba al pobre Vázquez. Rafael dijo lentamente:
—Hermano, tú puedes escucharnos aunque nosotros no hablemos.
No hubo respuesta, sólo los ojos negros de Vázquez se paseaban por las bellas facciones de los presentes.
—Hermano, escúchanos, queremos hablar de paz.
El monitor emitió un pito, y las ondas cerebrales se aceleraron. Nuevamente, se estaba produciendo adrenalina.
—Cálmate hermano, no queremos hacerte daño.
Las ondas seguían acelerándose y ahora aparecieron otras de color amarillo y más quebradas. Se estaba activando el centro de lenguaje. ¡Iba a hablar!
—Escucha hermano, nosotros....
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —resonó como un trueno la voz de Vázquez.
Nadie esperaba eso, pero con paciencia volvieron a la carga.
—Seguramente estás un poco confundido por estar en este lugar, pero nosotros podemos explicarte que no corres riesgo alguno. El encuentro contigo ha sido casi casual, pero queremos aprovecharlo para enviar contigo un mensaje a tus superiores.
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —sonó con idéntica entonación que la vez anterior.
—Cálmate, si nosotros sólo queremos....
Ahora Vázquez se retorcía en la camilla, en el scanner sonaban pitos y campanas, se prendían luces rojas y hubiera conseguido liberar uno de sus brazos si no es porque Ariel y Miguel lo sujetaron.
—No hay caso, está muy alterado. Duérmanlo —ordenó Rafael.
—Cálmate hombre, aquí estás entre amigos —le susurró Ariel, dándole unas palmaditas en la cara.
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento num..... —alcanzó a decir el cabo.
La escena se repitió 5 veces en los próximos tres días. Haría sido muy difícil distinguir que era mayor: la tozudez del milico o la paciencia de los «Ángeles».
Decidieron dejarlo por más tiempo y tratar de relajarlo con música y sedantes. Nadie podía ser tan duro de entendederas.
Al día siguiente, ya la adrenalina había desaparecido totalmente del torrente sanguíneo. Se bloqueó temporalmente el funcionamiento de la médula, de las glándulas suprarrenales, para impedir la producción de adrenalina, sin influir en la corteza, para no alterar la producción de aldosterona. Se le administró fenotiazinas y sonidos tranquilizantes.
Esta vez no había caso, tenía que estar tranquilo. Por muy porfiado que fuera, no podía ir en contra de la biología.
El semblante de Vázquez se notaba más distendido, e incluso, a veces entre sueños sonreía.
Ahora Ezequiel casi podía entender el comportamiento del humano en los días anteriores. Seguramente era muy estresante estar en ese medio desconocido, aislado de sus pares y sumergido en una realidad totalmente desconocida para él.
Trataron de nuevo, esta vez no podían fallar; todos los canales de entrada estaban abiertos, el sistema nervioso relajado y se notaba buena disposición en el sujeto.
—Hermano, ¿nos escuchas?....
Todos vieron reflejarse una amplia sonrisa en la cara de Vázquez.
—Bien, hermano. Nosotros queremos que tú seas portador de un mensaje para evitar una guerra absurda. Ustedes no saben las desastrosas consecuencias que ésta puede traer para las próximas generaciones. ¿Nos entiendes?
La sonrisa en el rostro de Vásquez se agrandó.
—¡Excelente! ¿Estás dispuesto a ayudarnos?
Vázquez comenzó a mover los labios, trataba de decir algo, pero no le salía.
—Hermano, no temas, sólo intentamos ayudarte.
Entonces se escuchó clara, nítida y calmada, la voz del espécimen:
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —y... siguió sonriendo.
Todos los presentes se miraron entre sí. Era inaudito.
—Algo debe de andar mal, nadie puede ser tan porfiado —dijo desalentado Ariel.
—Tal vez un problema en el centro del lenguaje.... alguna frase incrustada por algún trauma —pensó en voz alta Rafael.
—Probemos.
—Trata tú —dijo Rafael mirando a Ezequiel.
Este comenzó a concentrarse mirando la morena cabeza de Vázquez. Todos estaban expectantes. De repente, Vázquez habló:
—Mi... nombre... es... Ezequiel.
—¡Ves!, resulta —dijo Ariel.
—Sigue —agregó Rafael.
—Estoy hablando por... intermedio de... la... de... de... nuestro amigo..... —decía Vázquez, adoptando los mismos gestos faciales que en esos momentos tenía Ezequiel.
Para todos los presentes, eso era natural y lo único que les extrañaba era que no hablara de corrido. ¡Hasta para eso era difícil!
—Trata con frases más largas —dijo Rafael.
—Es que no sé cómo se llama —dijeron Ezequiel y el cabo Vázquez, al mismo tiempo.
—¡Ahora no se desliga! —opinó Rafael alarmado.
—Es que está subiendo la adrenalina.
—Pero eso no es posible —continuó el dúo.
—Habrá que sedarlo de nuevo —alegó Rafael, molesto.
—¿Y cómo me desligo yo? —reclamaron Vásquez y Ezequiel a coro.
—Al dormirse cesa toda conexión en el hipotálamo, y basta, dejémoslo —terminó Rafael.
Así pasaron otros dos días, y allí recién, los «Ángeles» se dieron por vencidos.
Era imposible tratar de ir en contra de un instinto así. La dura educación militar, combinada con la formación religiosa rígida, habían convertido esa mente en un yunque, contra el cual no se sacaba nada con patear. Habría sido más fácil hacerlo de nuevo, que cambiar esa mentalidad.
Decidieron que había que devolverlo. Esto iba a ser difícil, ya que habría que dejarlo en el mismo espacio y en el mismo tiempo en que se lo habían llevado.
Lo del lugar no era tan difícil, ya que con la asistencia de la nodriza, sólo podrían tener un error de metros, o tal vez de sólo centímetros, pero el instante, eso era otra cosa.
Moverse en el tiempo es difícil, ya que como el tiempo no es constante, dar con el año, mes, día y hora, ya es una proeza. Ahora, cuando se quiere coincidir en el minuto exacto, eso es sólo obra de especialistas, y Ezequiel creía ser uno de ellos.
Empezaron el viaje de regreso con su pasajero, y al abandonar la costa y comenzar a internarse en el altiplano, se inició la distorsión temporal. Al llegar a pampa Lichima, estaban sólo 55 minutos adelantados.
Buscaron el lugar: 69. 27. 32. 17. 45. 18. Comenzaron a retroceder en el tiempo, lento, muy lento.
Todo quedó funcionado en automático y los tres se dirigieron a soltar las ataduras de Vásquez. Éste se encontraba amodorrado y los miró sonriente.
Lo bajaron de la mesa de observación y le ayudaron a caminar hacia la salida de transferencia, que se encontraba en la parte baja del centro mismo de la nave.
El cabo Vázquez caminaba erguido, sin embargo su cabeza apenas sobrepasaba la altura del codo de sus captores.
Mientras Ariel e Ismael sostenían a Vázquez, uno de cada brazo, Ezequiel se adelantó un paso para observar los números del contador que estaba en la parte superior de la salida.
—Nos faltan 10 metros y estamos 45 segundos antes —leía Ezequiel.
Vázquez quedó relajado como un muñeco repetía:
—....segundos antes....
—Siete metros y 15 segundos.
En ese instante, todos los músculos de Vázquez se tensaron como una cuerda de violín, repentinamente empujó hacia atrás, y afirmándose en sus dos captores elevó sus piernas propinando un limpio puntapié en la cara de Ezequiel.
Este se fue de espaldas justo en los momentos en que el contador aparecía T = 0, es decir que habían llegado al instante indicado.
—¡Bótenlo! —gritó Ezequiel desde el suelo.
Vázquez forcejeaba codo a codo con sus captores, a pesar de su patente inferioridad física.
—¡No se puede, aún estamos a más de 6 metros del suelo! —alegaba Ariel.
—¡Bótenlo! —insistía Ezequiel— ¡Se va a pasar el tiempo!
Ariel e Ismael hacían lo posible, pero la resistencia de Vázquez era dura.
— T = +7 —gritaba Ezequiel— Nos estamos pasando, bótenlo.
Por fin lograron asir de la ropa a Vázquez y entre los tres, a duras penas lo empujaron al centro del agujero negro que había al centro de la habitación.
Finalmente, Vázquez cayó.
—¿Tiempo? —preguntó Ezequiel, exasperado.
— T = +15, pero cayó de 4 metros de altura —dijo Ariel apesadumbrado.
—Espero que no se haya matado —replicó Ismael.
Los soldados conscriptos llevaban ya 15 minutos vagando adormecidos por la noche altiplánica, cuando vieron que repentinamente aparecía una sombra sobre ellos que tapaba las estrellas. Aún no se daban bien cuenta de lo que ocurría, cuando algo pesado como un saco cayó detrás de ellos.
—¿Qué pasa? —gritó Rojas.
—¡Es mi cabo! —gritó Soto.
Todos se dieron vuelta hacia donde había caído el bulto y ayudaron a pararse al cabo Vázquez.
Arriba Ezequiel volvió a los comandos de la nave, haciéndola ascender y alejarse algunos metros de los soldados, para allí poder estabilizar todo el estropicio causado por Vázquez. No fuera a ser que a estos otros siete salvajes también se les ocurriera atacar.
Su boca sangraba levemente, y se le notaba alterado.
—Aquí quedó el palo con que subió. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Ismael.
—¡¡Bótalo para abajo también... y ojalá que se lo meta....!!
—¡¡¡Ezequiel!!!
—¡Qué Ezequiel!, si me rompió el labio y parece que me soltó un diente... ¡Como a ti no te atacó...!
—¡¡Ezequiel, recuerda quién eres!!
—¡Cómo pueden decir que estos también son humanos! ¡Viste cómo me agredió!
Esta no era la primera vez que Ezequiel recibía una herida en el cumplimiento de su labor, pero desde que había adquirido la calidad de «Ángel», esta era la primera vez que alguien lo hería intencionalmente. Incluso le había brotado sangre, ese precioso y sagrado fluido, cuyas propiedades estos ignorantes desconocían.
—Así jamás podremos acercarnos a ellos, son unos animales —reclamaba Ezequiel.
—Cálmate hombre. Fue un error. ¡Pero tú no puedes reaccionar así!
—¿Cómo quieres que reaccione? Tratas de ayudarlos y te patean en el rostro. Así nunca sabrán quienes somos y de donde venimos....
Abajo los conscriptos se habían reunido alrededor del cabo Vázquez, quien paseaba su perdida mirada por los rostros de los espantados soldados, mascullando palabras ininteligibles:
—....as podre.. ..nos aell... —balbucía haciendo gestos de enojo.
—Está delirando —dijo el chico Rojas.
—¡Mírale la barba! —terció Salas.
—¡Pero si recién se había afeitado!
—....nunca sabrán quienes somos.... nunca sabrán quienes somos y de donde venimos... Así nunca sabr.... nunca —seguía Vázquez.
—Está delirando —gritaron varios.
—....acercarnos... son unos ignorantes.... nunca sabrán.... quienes somos y de donde venimos.
—¡Es un mensaje! —gritó el Flaco Pérez.
—¡Quedó hueviáo! —indicó el Chilote Barría.
Vázquez cayó inconsciente.
Allí pudieron observar con más detenimiento su rostro. Estaba más flaco y desencajado, pero lo más extraño era su barba. ¡Estaba crecida como de cinco días! siendo que todos lo habían visto afeitándose sólo unas pocas horas antes.
Arriba, en la nave había un sabor amargo. Nada había resultado.
Ezequiel, arrepentido de su exabrupto, oraba.
Como a las seis de la mañana del día 25 de Abril de 1977, cuando poco faltaba para que el sol apareciese, la nave, sin luces, comenzó a retirarse.
Los caballos otra vez relincharon suavemente, como cómplices, con sus grandes ojos negros fijos en ese punto que se alejaba. Ellos comprendían...
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.El despegue se realizó sin mayores complicaciones. Las dos naves pequeñas se alejaron, en apariencia lentamente, de la nodriza, que permanecía orbitando allí mismo por los próximos 2 años.
Esta vez el aleccionamiento antes de zarpar había sido claro y categórico: tienen que hacerse entender, no podemos perder otro viaje. Cómo es posible que con todos nuestros conocimientos y tecnología, no podamos darles un simple mensaje a esta gente.
Pónganse en el lugar de ellos, traten de pensar como ellos. Puede que a veces les repugne, pero la misión hay que cumplirla. Si no, van a haber miles de muertos, los que nuevamente pesarán sobre nuestra conciencia, ya que pudimos evitar el desastre sin intervenir.
Entre otras cosas, tienen que recordar que ellos están en el año 1977 de su era.
—¿No estaban en el 5737?— preguntó Ariel.
—Esos son los judíos. Los demás lo cambiaron y ahora están en el 1977.
—Pero si ayer bajamos con Miguel y estaban en el 1418.
—No, esos son otros, los árabes que viven al lado.
—Bueno, definitivamente, ¿quién mide el tiempo en ese planeta?
—Eso a ustedes no debe importarles. Sólo sepan que llegarán allá el día 25, del cuarto mes del año de 1977, cuando su sol esté al otro lado.
—¿De noche?
—Sí, próximo al amanecer.
—¿Con luces?
—Sí, con hartas luces.
Esta vez era Ezequiel quien iba al mando de la misión, la que de por sí no lo convencía mucho.
Esos humanos ya llevaban siglos peleándose y matándose cada cierto tiempo, entre ellos. Eso les era inherente. Tratar de impedírselo era trabajo perdido.
Nosotros, a quienes ellos nos llaman Ángeles no podemos intervenir, eso es concluyente. Sin embargo, cada cierto tiempo ocurre lo de ahora. Llega alguien nuevo al Comando, y pretende hacer en un par de años, lo que los que llevamos aquí varios siglos no hemos conseguido hacer: que no se destrocen.
Esta vez se trata de unos pequeños estados o países, al sur de ese continente que tiene forma de pera.
Uno de ellos se dio cuenta que su vecino estaba pasando por apuros, tanto políticos como económicos, por lo que presumió que era el momento preciso para atacarlo y recuperar el suelo, que antes este, en otra matanza, le había arrebatado.
Bueno, si eso pasaba, el otro vecino de más arriba, querría que le devolvieran el mar (si, el mar. Se quitan y se dan el mar), y el de más abajo cavilaría que no le vendrían mal unas pocas islas por el sur, y así la cosa continuaría, hasta terminar en un conflicto continental y, tal vez, incluso mundial.
Aunque ustedes no lo crean, en este peculiar planeta las cosas funcionan así: la naturaleza tiene dueños.
Si usted fuera un humano habitante de cualquiera de esos estados, aún podría comprar un pedazo de suelo, cercarlo y no dejar que otros entren. Incluso hubo un tiempo no muy lejano, en que usted podía comprar a otro humano y obligarlo a trabajar para usted, siempre que tuviera la piel más oscura que la suya. ¿Raro, no?
Eso actualmente, en la mayoría de la superficie del planeta, no ocurre, por lo menos abiertamente, pero como la idea no está tan lejana, siempre queda la tendencia.
A este planeta azul, no es tan fácil de entrar, pues es necesario hacerlo desde los polos, ya que la entrada queda franqueada por dos colosales cinturones de radiación: los Van Allen, como ellos los denominan.Esta vez se ingresó por el polo sur y luego se remontó la costa hacia el norte magnético del planeta. Normalmente era poco lo que se podía ver, ya que había empezado la noche de 10 horas que era normal en esa época. Sin embargo, retrasando el tiempo en los visores, se podía ver el paisaje de algunas horas antes.
Primero todo era blanco, luego empezaba el azul oscuro del océano y el verde de la costa. Inicialmente, el terreno era quebrado y compuesto mayoritariamente por islas, luego la costa se consolidaba en una línea sinuosa que iba de sur a norte. Qué hermoso. ¡Si sólo supieran conservarlo!Luego la costa empezaba a perder el verde y a ponerse café amarillenta; se estaban acercando. Se cambiaron los visores a tiempo real, y se taladró la oscuridad con los amplificadores de luz. Todo era quietud.
* * * *
Ese día 24 de Abril de 1977, el capitán del ejército don Luis Solari, estacionado en Piure a 3.500 m de altura, tenía un problema. Había que relevar a la guarnición de pampa Lichima, compuesta por 7 soldados conscriptos, pero el cabo Rodríguez, que era quien debía comandarlos, había perdido franco para visitar a su familia abajo en la ciudad.
Rodríguez, quien era un muy buen elemento, hacía ya tres semanas que no bajaba, así es que por derecho le correspondía un permiso. ¿Quién, entonces, podría comandar a esos pelados?
Empezó a revisar el fichero: Aroca... no, ese estaba en la frontera. Contreras... enfermo de tifus. Marín... a cargo de la patrulla en Orire. Silva, acompañando al coronel Lander. Vázquez... ¿dónde estaba el cabo Vázquez?
—¡Ordenanza!
—Diga mi capitán.
—¿Dónde está Vázquez?
—Hace un rato lo vi en el casino, mi capitán.
—¿Qué hacía?
—Se preparaba para salir de franco, mi capitán.
—Deténgalo, y dígale que se presente aquí inmediatamente.
Así fue como el cabo Amador Vázquez Muñoz, de 32 años, se hizo cargo de la patrulla que esa tarde partió a pampa Lichima.
La idea, francamente, no le entusiasmaba mucho, ya que simplemente se trataba de cuidar caballos.
En ese lugar, el Regimiento guardaba alrededor de cien caballares, los que eventualmente se ausentaban en labores de patrullaje y vigilancia. Ni siquiera portaban armas, ya que éstas se habían destinado a los efectivos que estaban más cerca de la frontera. Sin lugar a dudas ese no era un ejército con muchos recursos.
Una vez que arribaron al lugar, lo primero que ordenó Vázquez a la tropa, fue que buscaran un refugio donde pasar la noche. Allí las temperaturas nocturnas a veces bajaban de los -10°C. No existía ninguna habitación, pero sí algunas murallas cercanas a los corrales.
En un lugar donde se juntaban dos gruesos murallones de barro formando un ángulo recto, quedaba algo de techumbre. Allí ordenó a sus hombres que descargaran sus pertenencias y prepararan un dormitorio.
Lo primero que se hizo fue prender un fuego y sobre él, poner una tetera. El sol ya se estaba poniendo, así es que se designaron las guardias para esa noche. Estas recayeron en los conscriptos Salas y Rojas.
Cómo aún quedaba luz, Vázquez decidió afeitarse, ya que existía la posibilidad que en la mañana pasara el Unimog con algún oficial para revisar la tropa. Le solicitó al conscripto Salas que le diera agua caliente y le preparara los instrumentos para rasurarse.
Se afeitó a conciencia. Luego hubo una pequeña charla con los muchachos, ya que no conocía a ninguno de ellos, y en seguida se acostó.
Lo primero que hizo fue rezar sus oraciones dando gracias al Señor por los sucesos de ese día, y rogando porque el mañana fuera mejor.
El cabo Amador Vázquez era evangélico pentecostal convencido, y en ese sentido, su comportamiento era impecable. Jamás participaba en las consabidas borracheras típicas de los soldados en el día franco, y dentro del ejército su proceder era acorde con sus creencias. Se mantenía soltero, ya que su situación económica así se lo exigía. Estaba contento con lo que hacía y se consideraba un verdadero soldado profesional.
Había aprendido a pensar como militar. Si un superior decía que algo era blanco, blanco tenía que ser, y no había posibilidad de cuestionarlo. En eso descansaba la gran eficiencia del ejército de ese país pobre. Sus hombres estaban realmente convencidos de que sus oficiales eran los mejores y que cuando daban una orden, había que cumplirla, aunque en ello les fuera la vida.
En este caso, sus órdenes eran cuidar los caballos y estar atento a cualquier avance que pudiera hacer el enemigo desde el otro lado de la frontera.
Para eso no contaba con armas de fuego, pero si algo pasaba, él sabría cómo arreglárselas. Increíble, pero así piensa esa gente.
Estaba profundamente dormido, cuando sintió que lo remecían, Era el conscripto Salas que repetía:
—¡Mi cabo! ¡Despierte mi cabo, mire que hay una luz!
Vázquez no entendía.
—¡Despierte mi cabo!, hay una tremenda luz.
Allí despertó el soldado profesional, y de un salto estuvo a la interperie.
Efectivamente, sobre los cerros de la cordillera se veía evolucionar en el cielo a una gran luz de color rojizo que cambiaba al anaranjado. Dio algunas vueltas por la cristalina noche estrellada y luego se estacionó detrás de un cerro, desde donde aún podía verse su resplandor.Para el cabo Vázquez eso era algo nuevo e inesperado. Más de alguna vez había esperado que avanzara la infantería enemiga, tal vez tanques, pero eso....
El resto del contingente ya se había levantado, y miraban incrédulos hacia el cielo.
De repente, por el oeste apareció otra luminaria. Al mismo tiempo, comenzaron quedamente a relinchar los caballos, quienes con los ojos muy abiertos miraban la luz que se aproximaba.
—¡Todos agarren un palo! —ordenó Vázquez.
La luz bajaba y se acercaba a ellos por el frente.
Vázquez cogió un trozo de leña y avanzó decidido.
No, esos no eran los enemigos que esperaban. Estos eran otros, que venían del cielo en platillos voladores, y si algo venía del cielo y no era de Dios, y no estaba en las escrituras, no había duda: era del Demonio.
Eso, los domingos, su pastor se lo había dejado muy en claro: «Los espíritus de bien no vuelven a la tierra», «no os dejéis engañar por falsas señales», «el Maligno tiene muchas formas de tentar», etc, etc.
En vez de acobardarse, adquirió más fuerzas. Ahora, no solamente estaba defendiendo a su patria, sino que estaba del lado de Dios. ¡Era invencible!
—¡En el nombre de Dios, identifíquese! —gritó, inflando sus pulmones con el gélido aire de la noche. No hubo respuesta.Levantó el leño y se abalanzó con todas sus fuerzas en contra de la luz.
Miguel tenía al hombre en el centro del visor. Jamás esperó esa reacción, ya que normalmente todos huían.
Inconscientemente, y más bien como una defensa, con el dedo meñique apretó el interruptor de tele-transportación.
Así, de repente, los tres «Ángeles» se encontraron con ese energúmeno dentro de la nave, el que empezó a dar mandobles a diestra y siniestra con el leño.
Podían imaginarse que vendría después: otros siete iguales atacando como animales, así es que lo más prudente era retirarse.
Todo había ocurrido tan rápido, que confundidos, en vez de hacerlo en el espacio, lo hicieron en el tiempo.
Los conscriptos vieron incrédulos cómo la luz se apagaba y allí no quedaba nada. Ni siquiera Vázquez.
—Mi cabo, mi cabo, ¿dónde está? —repetía Salas.
—¡Mi caaaabo!
La oscuridad era total, y frente a ellos sólo estaba el árido y silencioso desierto.
Ezequiel vio que las cosas no estaban saliendo como esperaba.
Atrás habían quedado esos siete, y quizá que podrían hacer en el lapso del tiempo que a ellos les tomaría devolver al que tenían a bordo.
Probablemente tendrían radios, y llamarían a muchos más. Mejor sería dormirlos.
Entretanto el que había subido a bordo, ahora se encontraba con la espalda pegada a la pared divisoria del entrepuente, con los ojos llameantes y blandiendo el trozo de madera.
—Duérmelo —indicó a Ismael. Este tocó un comando y las vibraciones de baja frecuencia invadieron el entrepuente.
Vázquez no resistió.Lo tomaron con gran facilidad entre Miguel e Ismael y luego lo subieron a la mesa de observación. Esta vez no iban a correr riesgos, así es que lo amarraron con correas en brazos y piernas.
Luego comenzó el escáner médico.
El espécimen no era muy grande, pero sí robusto. Todos sus órganos funcionaban bien, aunque el corazón era algo pequeño. La musculatura era dura, la presión sanguínea estaba disparada y las ondas beta cerebrales eran casi nulas.Así era muy difícil comunicarse con él, había que esperar que desapareciera esa gran cantidad de adrenalina de su torrente sanguíneo, para que su cerebro recuperara su condición receptora.
Ezequiel estaba molesto. Sin querer había traspasado la barrera del tiempo llevando un pasajero, y ahora devolverlo traería complicaciones. Desgraciadamente, ya nada se podía hacer fuera de esperar.
Rápidamente razonó, y se dio cuenta que convenía mucho más volver a la nave nodriza, que seguir esperando allí en ese limbo de tiempo.
En lo que demoraría en llegar allá, ya el humano habría despertado y se habría calmado. Además allá existían muchos más elementos como para lograr una comunicación telepática, especialidad en la cual él no era muy ducho.
Dio las órdenes pertinentes y las tres naves, con todas sus luces apagadas, volvieron a tiempo real y aceleraron casi verticalmente.
La llegada a la nodriza fue totalmente normal, tal como se venía repitiendo por años, y con ayuda de más personal, bajaron a Vázquez.
Las primeras horas fueron tensas, ya que parecía que, al revés de lo pronosticado, el espécimen no quería despertar.
Finalmente, los monitores empezaron a acusar actividad beta y gama en el cerebro del humano. Parece que volvía.
—Llamen a Rafael, el invitado está despertando —dijo Ariel.
Poco rato después, se formaba una ronda alrededor de la mesa de observación. Todos miraban desde arriba al pobre Vázquez. Rafael dijo lentamente:
—Hermano, tú puedes escucharnos aunque nosotros no hablemos.
No hubo respuesta, sólo los ojos negros de Vázquez se paseaban por las bellas facciones de los presentes.
—Hermano, escúchanos, queremos hablar de paz.
El monitor emitió un pito, y las ondas cerebrales se aceleraron. Nuevamente, se estaba produciendo adrenalina.
—Cálmate hermano, no queremos hacerte daño.
Las ondas seguían acelerándose y ahora aparecieron otras de color amarillo y más quebradas. Se estaba activando el centro de lenguaje. ¡Iba a hablar!
—Escucha hermano, nosotros....
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —resonó como un trueno la voz de Vázquez.
Nadie esperaba eso, pero con paciencia volvieron a la carga.
—Seguramente estás un poco confundido por estar en este lugar, pero nosotros podemos explicarte que no corres riesgo alguno. El encuentro contigo ha sido casi casual, pero queremos aprovecharlo para enviar contigo un mensaje a tus superiores.
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —sonó con idéntica entonación que la vez anterior.
—Cálmate, si nosotros sólo queremos....
Ahora Vázquez se retorcía en la camilla, en el scanner sonaban pitos y campanas, se prendían luces rojas y hubiera conseguido liberar uno de sus brazos si no es porque Ariel y Miguel lo sujetaron.
—No hay caso, está muy alterado. Duérmanlo —ordenó Rafael.
—Cálmate hombre, aquí estás entre amigos —le susurró Ariel, dándole unas palmaditas en la cara.
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento num..... —alcanzó a decir el cabo.
La escena se repitió 5 veces en los próximos tres días. Haría sido muy difícil distinguir que era mayor: la tozudez del milico o la paciencia de los «Ángeles».
Decidieron dejarlo por más tiempo y tratar de relajarlo con música y sedantes. Nadie podía ser tan duro de entendederas.
Al día siguiente, ya la adrenalina había desaparecido totalmente del torrente sanguíneo. Se bloqueó temporalmente el funcionamiento de la médula, de las glándulas suprarrenales, para impedir la producción de adrenalina, sin influir en la corteza, para no alterar la producción de aldosterona. Se le administró fenotiazinas y sonidos tranquilizantes.
Esta vez no había caso, tenía que estar tranquilo. Por muy porfiado que fuera, no podía ir en contra de la biología.
El semblante de Vázquez se notaba más distendido, e incluso, a veces entre sueños sonreía.
Ahora Ezequiel casi podía entender el comportamiento del humano en los días anteriores. Seguramente era muy estresante estar en ese medio desconocido, aislado de sus pares y sumergido en una realidad totalmente desconocida para él.
Trataron de nuevo, esta vez no podían fallar; todos los canales de entrada estaban abiertos, el sistema nervioso relajado y se notaba buena disposición en el sujeto.
—Hermano, ¿nos escuchas?....
Todos vieron reflejarse una amplia sonrisa en la cara de Vázquez.
—Bien, hermano. Nosotros queremos que tú seas portador de un mensaje para evitar una guerra absurda. Ustedes no saben las desastrosas consecuencias que ésta puede traer para las próximas generaciones. ¿Nos entiendes?
La sonrisa en el rostro de Vásquez se agrandó.
—¡Excelente! ¿Estás dispuesto a ayudarnos?
Vázquez comenzó a mover los labios, trataba de decir algo, pero no le salía.
—Hermano, no temas, sólo intentamos ayudarte.
Entonces se escuchó clara, nítida y calmada, la voz del espécimen:
—Cabo primero Amador Vázquez Muñoz, libreta de enrolamiento número 5.277.320-K, Regimiento de Infantería Fronteras, Batallón Los Héroes, Compañía Ana —y... siguió sonriendo.
Todos los presentes se miraron entre sí. Era inaudito.
—Algo debe de andar mal, nadie puede ser tan porfiado —dijo desalentado Ariel.
—Tal vez un problema en el centro del lenguaje.... alguna frase incrustada por algún trauma —pensó en voz alta Rafael.
—Probemos.
—Trata tú —dijo Rafael mirando a Ezequiel.
Este comenzó a concentrarse mirando la morena cabeza de Vázquez. Todos estaban expectantes. De repente, Vázquez habló:
—Mi... nombre... es... Ezequiel.
—¡Ves!, resulta —dijo Ariel.
—Sigue —agregó Rafael.
—Estoy hablando por... intermedio de... la... de... de... nuestro amigo..... —decía Vázquez, adoptando los mismos gestos faciales que en esos momentos tenía Ezequiel.
Para todos los presentes, eso era natural y lo único que les extrañaba era que no hablara de corrido. ¡Hasta para eso era difícil!
—Trata con frases más largas —dijo Rafael.
—Es que no sé cómo se llama —dijeron Ezequiel y el cabo Vázquez, al mismo tiempo.
—¡Ahora no se desliga! —opinó Rafael alarmado.
—Es que está subiendo la adrenalina.
—Pero eso no es posible —continuó el dúo.
—Habrá que sedarlo de nuevo —alegó Rafael, molesto.
—¿Y cómo me desligo yo? —reclamaron Vásquez y Ezequiel a coro.
—Al dormirse cesa toda conexión en el hipotálamo, y basta, dejémoslo —terminó Rafael.
Así pasaron otros dos días, y allí recién, los «Ángeles» se dieron por vencidos.
Era imposible tratar de ir en contra de un instinto así. La dura educación militar, combinada con la formación religiosa rígida, habían convertido esa mente en un yunque, contra el cual no se sacaba nada con patear. Habría sido más fácil hacerlo de nuevo, que cambiar esa mentalidad.
Decidieron que había que devolverlo. Esto iba a ser difícil, ya que habría que dejarlo en el mismo espacio y en el mismo tiempo en que se lo habían llevado.
Lo del lugar no era tan difícil, ya que con la asistencia de la nodriza, sólo podrían tener un error de metros, o tal vez de sólo centímetros, pero el instante, eso era otra cosa.
Moverse en el tiempo es difícil, ya que como el tiempo no es constante, dar con el año, mes, día y hora, ya es una proeza. Ahora, cuando se quiere coincidir en el minuto exacto, eso es sólo obra de especialistas, y Ezequiel creía ser uno de ellos.
Empezaron el viaje de regreso con su pasajero, y al abandonar la costa y comenzar a internarse en el altiplano, se inició la distorsión temporal. Al llegar a pampa Lichima, estaban sólo 55 minutos adelantados.
Buscaron el lugar: 69. 27. 32. 17. 45. 18. Comenzaron a retroceder en el tiempo, lento, muy lento.
Todo quedó funcionado en automático y los tres se dirigieron a soltar las ataduras de Vásquez. Éste se encontraba amodorrado y los miró sonriente.
Lo bajaron de la mesa de observación y le ayudaron a caminar hacia la salida de transferencia, que se encontraba en la parte baja del centro mismo de la nave.El cabo Vázquez caminaba erguido, sin embargo su cabeza apenas sobrepasaba la altura del codo de sus captores.
Mientras Ariel e Ismael sostenían a Vázquez, uno de cada brazo, Ezequiel se adelantó un paso para observar los números del contador que estaba en la parte superior de la salida.
—Nos faltan 10 metros y estamos 45 segundos antes —leía Ezequiel.
Vázquez quedó relajado como un muñeco repetía:
—....segundos antes....
—Siete metros y 15 segundos.
En ese instante, todos los músculos de Vázquez se tensaron como una cuerda de violín, repentinamente empujó hacia atrás, y afirmándose en sus dos captores elevó sus piernas propinando un limpio puntapié en la cara de Ezequiel.
Este se fue de espaldas justo en los momentos en que el contador aparecía T = 0, es decir que habían llegado al instante indicado.
—¡Bótenlo! —gritó Ezequiel desde el suelo.
Vázquez forcejeaba codo a codo con sus captores, a pesar de su patente inferioridad física.
—¡No se puede, aún estamos a más de 6 metros del suelo! —alegaba Ariel.
—¡Bótenlo! —insistía Ezequiel— ¡Se va a pasar el tiempo!
Ariel e Ismael hacían lo posible, pero la resistencia de Vázquez era dura.
— T = +7 —gritaba Ezequiel— Nos estamos pasando, bótenlo.
Por fin lograron asir de la ropa a Vázquez y entre los tres, a duras penas lo empujaron al centro del agujero negro que había al centro de la habitación.
Finalmente, Vázquez cayó.
—¿Tiempo? —preguntó Ezequiel, exasperado.
— T = +15, pero cayó de 4 metros de altura —dijo Ariel apesadumbrado.
—Espero que no se haya matado —replicó Ismael.
Los soldados conscriptos llevaban ya 15 minutos vagando adormecidos por la noche altiplánica, cuando vieron que repentinamente aparecía una sombra sobre ellos que tapaba las estrellas. Aún no se daban bien cuenta de lo que ocurría, cuando algo pesado como un saco cayó detrás de ellos.
—¿Qué pasa? —gritó Rojas.
—¡Es mi cabo! —gritó Soto.
Todos se dieron vuelta hacia donde había caído el bulto y ayudaron a pararse al cabo Vázquez.
Arriba Ezequiel volvió a los comandos de la nave, haciéndola ascender y alejarse algunos metros de los soldados, para allí poder estabilizar todo el estropicio causado por Vázquez. No fuera a ser que a estos otros siete salvajes también se les ocurriera atacar.Su boca sangraba levemente, y se le notaba alterado.
—Aquí quedó el palo con que subió. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Ismael.
—¡¡Bótalo para abajo también... y ojalá que se lo meta....!!
—¡¡¡Ezequiel!!!
—¡Qué Ezequiel!, si me rompió el labio y parece que me soltó un diente... ¡Como a ti no te atacó...!
—¡¡Ezequiel, recuerda quién eres!!
—¡Cómo pueden decir que estos también son humanos! ¡Viste cómo me agredió!
Esta no era la primera vez que Ezequiel recibía una herida en el cumplimiento de su labor, pero desde que había adquirido la calidad de «Ángel», esta era la primera vez que alguien lo hería intencionalmente. Incluso le había brotado sangre, ese precioso y sagrado fluido, cuyas propiedades estos ignorantes desconocían.
—Así jamás podremos acercarnos a ellos, son unos animales —reclamaba Ezequiel.
—Cálmate hombre. Fue un error. ¡Pero tú no puedes reaccionar así!
—¿Cómo quieres que reaccione? Tratas de ayudarlos y te patean en el rostro. Así nunca sabrán quienes somos y de donde venimos....
Abajo los conscriptos se habían reunido alrededor del cabo Vázquez, quien paseaba su perdida mirada por los rostros de los espantados soldados, mascullando palabras ininteligibles:
—....as podre.. ..nos aell... —balbucía haciendo gestos de enojo.
—Está delirando —dijo el chico Rojas.
—¡Mírale la barba! —terció Salas.
—¡Pero si recién se había afeitado!
—....nunca sabrán quienes somos.... nunca sabrán quienes somos y de donde venimos... Así nunca sabr.... nunca —seguía Vázquez.
—Está delirando —gritaron varios.
—....acercarnos... son unos ignorantes.... nunca sabrán.... quienes somos y de donde venimos.
—¡Es un mensaje! —gritó el Flaco Pérez.
—¡Quedó hueviáo! —indicó el Chilote Barría.
—...nunca sabrán quiénes somos y de dónde venimos....El Huaso Robles era uno de los pocos que aún conservaba la calma y que todavía no había dicho nada. Se acercó, se enderezó sobre su metro ochenta y sin decir aguavá, le encajó un derechazo en plena mandíbula.
Vázquez cayó inconsciente.
Allí pudieron observar con más detenimiento su rostro. Estaba más flaco y desencajado, pero lo más extraño era su barba. ¡Estaba crecida como de cinco días! siendo que todos lo habían visto afeitándose sólo unas pocas horas antes.
Arriba, en la nave había un sabor amargo. Nada había resultado.
Ezequiel, arrepentido de su exabrupto, oraba.
Como a las seis de la mañana del día 25 de Abril de 1977, cuando poco faltaba para que el sol apareciese, la nave, sin luces, comenzó a retirarse.Los caballos otra vez relincharon suavemente, como cómplices, con sus grandes ojos negros fijos en ese punto que se alejaba. Ellos comprendían...
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Jonás
Por Ernesto de la Fuente
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.
Si Jonás hijo de Amitai, hubiera nacido en nuestros días, en vez de hacerlo en el siglo VIII A. de C, sólo habría tenido dos posibilidades.
En caso de que su familia hubiese sido de bajos ingresos y vivido en una población, Jonás estaría en un loquerío, sedado constantemente con Diazepan.
Si por el contrario, hubiera vivido en la Dehesa y tenido familiares metidos en la política, gozaría de su propio analista, quien lo interrogaría dos veces a la semana.
El problema que tenía don Jonás es que escuchaba voces.
Sí..., voces que generalmente provenían del lado derecho de su cabeza y que lo mandaba a hacer cosas.
En un principio no le dio mucha importancia y procuró no hacerles caso, pero después descubrió que eso era para peor, ya que si no realizaba lo que las voces le pedían, estas seguían repitiendo y repitiendo, hasta casi volverlo loco.
Jonás era por naturaleza bastante pulcro, le gustaba que las cosas estuvieran bien hechas y que no existieran errores. En su relación con Jehová era obsesivo; todo tenía que ser perfecto, aunque tenía una crítica: Jehová no era lo suficientemente enérgico.
Existía toda suerte de mortales que hacían lo que se les antojaba, y Jehová a veces los castigaba y a veces no. Además muchos se arrepentían y Jehová los perdonaba. ¡Así nunca iban a escarmentar! ¿Por qué Jehová no mostraba de una vez por todas su poder y achicharraba a esos pecadores? ¡Eso es lo que hacía falta!
Aún permanecía soltero, no porque no le gustaran las mujeres. Todo lo contrario, pero se alejaba con muchas dificultades de las tentaciones de la carne, porque sabía que eso sólo lo conduciría derecho al infierno, o si no, por lo menos al purgatorio.
Respecto a las voces, justamente había comenzado a escucharlas el día siguiente a su visita a Zobeida, hija de Aben Ahir.
Esa noche había estado bebiendo un vino griego bastante regular en casa de Ahir, y al volver a su casa, recordaba vagamente haber dormido mal. Bueno, no era para menos; el vino, el recuerdo de Zobeida con esos labios, esas caderas, esas... ¡No!, No debía pecar. Ni siquiera con el pensamiento.
Debería contraer matrimonio en el Templo... Pero las mujeres eran tan desordenadas... Era tan difícil encontrar una verdadera dueña de casa, como lo había sido su santa madre...
Recordaba que esa noche había tenido sueños, algunos bastante impropios, pero otros extraños.
Incluso tenía un vago y ridículo recuerdo de haber estado tendido de espaldas sobre una mesa; que un pequeño sol lo iluminaba desde el techo y unos fulanos de túnicas blancas le intruseaban la oreja derecha. ¡Qué ridículo!
Si hubiera tenido algunos sestecios de más, habría ido donde el agorero Dus Suel, para que los interpretara, pero pensándolo mejor, tal vez eso también podría ser mal visto a los ojos de su Dios.
Durante el mes, o mes y medio que llevaba escuchando las voces, se había dado cuenta de algunos fenómenos.
Una vez que limpiaba su espada, y teniéndola cerca de su cara y con la punta hacia arriba, había aparecido la voz, pero mucho más estruendosa. También, algunas noches atrás, desesperado al oír durante más de una hora la misma letanía, había sumergido su cabeza en el barril con agua donde guardaba las aceitunas y ¡Oh milagro! La voz había desaparecido.
El problema era que tenía que respirar.
Desgraciadamente, parece que ahora el caso se estaba agravando, porque no era la voz de costumbre que a cada rato repetía:
—Hola, Jonás, ¿Me estás escuchando?... Hola... Hola... 1, 2, 3... Jonás, Jonás.
Ahora era una voz mucho más grave. Sí, tal vez Jehová en persona que lo llamaba:
—Jonás, hijo mío: anda a Nínive, y proclama que su maldad ha subido hasta mí.
Jonás pensaba, y más de una vez lo había manifestado, que si Jehová tenía tanto poder, por qué no mandaba un rayo o algunos barriles de aceite hirviendo y los derramaba sobre los lomos de esos desobedientes asirios, en vez de estar requiriendo los servicios de este humilde servidor.
¿Qué iba a hacer él en Nínive? Además, sólo.
—Jonás hijo mío, levántate, ve a Nínive y pregona contra ella.
Sabido era que esos asirios de Nínive eran unos disipados, pero ¡irían a hacer algún caso de su pregón?
No fuera a acontecer como la última vez que se le ocurrió llamarle la atención a un filisteo por tener enredos con su cuñada. Todavía le dolía el cuerpo por la sarta de palos que había recibido. ¡Qué absurda manera de reaccionar tenían algunas personas!
Pero las voces seguían.
Dentro de su ignorancia, el pobre judío creyó que si se alejaba, Dios no se daría cuenta, y que tal vez buscaría a otro profeta que viviera más cerca de Nínive.
¡Tate!, pensó. Me cambio el look, me compro un sombrero grande (Dios siempre vigila desde arriba...), me voy a Jope, y allí saco pasaje en algún navío que vaya a Tarsis donde vive mi tía Yael, y me quedo con ella hasta que a Jehová se le olvide el asunto de Nínive.
Partió a medianoche para que nadie se diera cuenta, y llegó de madrugada a Jope. Allí no le costó mucho encontrar una barca de propiedad de un fenicio y de su hijo, que iban a Tarsis.
El viaje comenzó como a las 9 de la mañana «para aprovechar el viento», como dijo Teodoro el fenicio. Como a las 11 y media el viento había doblado su intensidad y la barca volaba.
Lo malo era que, al mismo tiempo el mar se había encrespado, y la dichosa barca subía y bajaba.
Jonás, no acostumbrado a estos avatares, comenzó a sentirse mal y a adquirir un tono verdoso. Para colmo de males, se le ocurrió bajar al interior de la nave, lugar donde sus padecimientos aumentaron, acrecentados por el intenso olor a oveja que había en las bodegas.
El pobre Jonás se sentía miserable.
Poco a poco el vendaval se fue transformando en tormenta y los pasajeros comenzaron a temer por sus vidas, y los fenicios por su barca.
Cada uno rezaba a sus dioses, menos el pobre Jonás que encerrado en la cala y mareado hasta los tuétanos, no podía evocar a Jehová, ya que justamente de Él estaba arrancando.
Los rezos aumentaban, pero el temporal también, lo que hizo entrar en sospechas a más de algún marinero.
¡No fuera a ser cosa que el dios de ese hombre verde de sombrero inmenso, que está abajo, fuera el causante de todo este estropicio! ¿Por qué no rezaba?
El hijo de Teodoro no aguantó más y bajó a buscarlo:
—¿Qué tienes dormilón? Levántate y clama a tu Dios; quizá el tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.
Jonás no atinaba a decir nada, sólo vomitaba.
—¿Qué oficio tienes, y de donde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?
—Soy hebreo y guuaaaa... ¡ay!... Temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra... ¡ay!... ¡ay!... guuuaaaaaaaaaa. Pero no puedo rezarle, pues estoy huyendo de Él... ¡ay!
Y aquellos hombres temieron sobremanera, y le dijeron:
—¿Por qué has hecho esto? —Porque ellos sabían que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado.
Teodoro y su hijo sacaban cuentas. Habían partido con sobrepeso, más o menos unos 160 siclos. Cada oveja debería de pesar unos 55 a 60 siclos. Por lo tanto, eran tres ovejas o el forastero del sombrero grande. ¡No había donde perderse!
Y le dijeron:
—¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se está embraveciendo más y más.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. ¡Ahora lo culpaban a él!
Lo perseguía Jehová, todo se movía, había vomitado en su sombrero nuevo, se sentía infame, y ahora estos ignorantes lo culpaban a él por la tormenta. No hay caso, eso tenía que ser la venganza de Jehová. ¡Esas cosas sólo le pasaban a él!
Hizo lo que muchas veces había hecho, y de lo que siempre después se había arrepentido: dio rienda suelta a su neura.
—¡Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará!
No pensó que los pasajeros lo tomarían al pie de la letra, y en un dos por tres se vio volando por la borda hacia las embravecidas aguas.
Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor, y ofrecieron sacrificio a Jehová, e hicieron votos.
La nave había entrado al Mar Mediterráneo hacía apenas hora y media. El viaje desde la nodriza que orbitaba la Tierra había sido perfecto, y la entrada al agua se había realizado exactamente con una inclinación de 12° y a la velocidad justa, achicando lo más posible el escudo magnético.
Samuel, su comandante, estaba alegre ya que hacía lo que le gustaba. ¡Qué magnífica y qué vasta era la creación divina!
Tras él y en otro compartimento, Rafael y Abimael analizaban a través de sensores remotos todo el entorno marino. Algo andaba mal. Los peces grandes se comían a los peces chicos, pero los peces chicos no se multiplicaban con la suficiente rapidez, lo que llevaba a los peces grandes a depredar otras especies.
Esto en ese momento no tenía importancia, pero en unos 2.800 a 3.000 años más, cuando estos terráqueos se multiplicaran, ese pequeño desequilibrio ecológico podría convertirse en una tragedia. Había que dejar todo funcionando perfectamente bien antes de irse.
Salinidad: 0,25% bajo lo normal.
Presión a 50 metros: normal.
Temperatura: 1,7° bajo la norma (no importaba porque en los próximos 800 años aumentaría la radiación solar).
Luminosidad a 12 metros: 3.2% sobre la norma (¡eso estaba mal!).
Velocidad de las corrientes: normal.
Pip, pip, pip.
Era Samuel en el intercomunicador:
—¿Han guardado algún espécimen en el depósito?
—No todavía.
—Bueno, ahora van a tener que guardar algo.
—¿Qué?
—Un judío.
—¿¿Qué??
—Ese tal Jonás.
—¿Qué le pasa?
—Está en el agua, lo botaron de la barca.
—¡Noooo!
—¡Siii! y tenemos que apurarnos, que si no, se nos ahoga.
—Pero si aquí no tenemos acomodaciones para más gente.
—No importa, déjenlo en el depósito.
—Pero ahí está todo mojado, y ni siquiera hay donde sentarse.
—¿Tú crees que a él le va a importar mucho? ¡Te has fijado cómo viven! Además, se trata de salvar su vida.
—Recuerda que no podemos intervenir.
—Ese hombre es como nosotros, tiene tres implantes de los nuestros, y si no lo ayudamos se va a morir. ¿Qué decides?
—Bien, bien, pero tendremos que entrarlo por succión, y ese judío respira aire. Se nos puede ahogar.
—Si lo hacen rápido, no.
—De acuerdo.
—Coordenadas 347 y 063, subiendo.
El pobre Jonás algo había despertado con el chapuzón, pero ahora el problema era mayor: se ahogaba.
Braceaba como podía, pero el mar embravecido lo subía y lo bajaba como a un corcho. No veía donde estaba, no sabía hacia donde nadar. El simple hecho de mantenerse a flote era ya casi imposible. Todo era agua y espuma.
¡Qué necio había sido tratando de esconderse de Jehová!
—Jehová, Dios de mi pueblo, Jehová Dios de Abraham, perdona mi desobediencia...
El mar seguía enfurecido.
Una ola lo tomó y después de elevarlo, lo sumergió uno o dos metros bajo la superficie. Perdió aire y tragó agua. Parece que el fin estaba cerca.
—Jehová, Dios de Israel, sálvame de ésta y me voy a predicar donde tú quieras.
Creyó que sus pulmones iban a explotar.
Braceó y pataleó con las pocas fuerzas que le quedaban, y logró llegar hasta el tan ansiado aire. Allí tomó otra ola que lo elevó dos o tres metros sobre la superficie.
Aprovechando su posición, trató de ver si había tierra cerca o por lo menos algo de qué agarrarse. Nada. Sólo a su izquierda notó algo gris plateado que se le acercaba.
¡Nooo!, esas cosas sólo le pasaban a él. ¡Ahora iba a ser devorado por un pez! ¡¡Qué idiota había sido al ponerse en la mala con Jehová!!
De repente, una corriente lo tiró hacia abajo. Sólo vio agua azul oscuro, espuma blanca, burbujas transparentes y algo plateado. Luego perdió la conciencia.
—Lo tenemos dentro, junto a tres peces grandes y doce sardinas.
—Fuera el agua, y rápido.
—Tres atmósferas de presión de aire a la cámara.
—Agua saliendo.
—¡Pobre judío!
El desdichado Jonás había quedado boca abajo en el piso del depósito. Parece que no respiraba.
Abimael, que vigilaba lo que estaba ocurriendo en el depósito a través de su pantalla, se puso de pie con intención de dirigirse a la compuerta que unía la sala de análisis con el depósito donde se encontraba Jonás, pero inmediatamente se escuchó la voz de Samuel:
—¡No!, eso si que no.
—Pero es que no respira.
—Y si llega a respirar, te va a contagiar todas las plagas de su mundo. Deja. Los que hacen eso están preparados y vacunados. No es nuestra labor.
En ese momento, Jonás tosió botando agua por la boca y la nariz.
Rafael, que hasta ese momento sólo había mirado lo que estaba sucediendo, tomó la manga de Abimael y lo volvió a su silla, al mismo tiempo que oprimía un botón azul en el tablero.
La presión en el depósito aumentó otra atmósfera, pero ahora era oxígeno puro el que entraba por las toberas.
Jonás seguía tosiendo atorado, pero cada vez que aspiraba, litros de vivificante oxígeno entraban a sus pulmones.
Rafael inyectó más oxígeno.
—Oxígeno a 60%
—Súbelo, pero baja la presión.
—Oxígeno a 75%, y presión 1,8 atmósferas.
—Mantenlo.
Poco a poco Jonás se iba recuperando, ya sus ojos algo alcanzaban a ver. ¡Estaba en la barriga del pez!
—Bueno, ¿Y ahora qué hacemos con él?
—Deja que se recupere.
—¿Y después?
—Bueno, lo dejamos en alguna parte.
—¿Donde? ¿Lo tiramos al agua otra vez?
—No. ¡Con esta tormenta!
—Esperemos que se calme.
En eso estaban cuando desde dentro del depósito se escuchó:
—¡¡Está cantando!!
—¿Por qué?
—¡Qué sé yo!
—¡Es horroroso!
—Es que así ora a Jehová.
—Pero ni siquiera rima.
—¡Pobre Jehová!
—Tiene locos a los encargados de escuchar por los implantes. La semana pasada se quejaron a Gabriel. Hace esto mismo cuatro o cinco veces al día.
—¿Qué hacemos? ¿Lo volvemos al agua?
—No, es un buen hombre y tiene una misión que cumplir.
—Supongo que no será cantando loores.
—No, pero aunque tú no lo creas, tiene una gran facilidad de palabra.
—Bien, entonces desconecta el audio.
A Jonás se le habían acostumbrado un poco los ojos a la oscuridad reinante, y ya algo veía en el interior del depósito.
Se asombró de estar vivo aún. Si su destino era morir tragado por un pez, ¡Ese maldito no se la iba a llevar tan fácil: pelearía hasta morir!
Tomó vuelo y las emprendió en contra del fondo del depósito, suponiendo que por ahí estaría la campanilla del monstruo.
—¡Samuel!... ¡Tu judío está pateando la compuerta!... ¡Va a romper el link del láser!
—¡¡Páralo!!
—¿Cómo, si no lo puedo tocar?
—¡¡Páralo!!
Por suerte, Rafael estaba un poco más calmado que Abimael, e hizo lo único que se debía hacer: abrió las válvulas del gas anestésico, precaución que los constructores de la nave habían tomado siglos antes, ya que en ese recinto, muchas veces era necesario manipular animales salvajes.
—¡Va Pentotal!
Jonás primero sintió el curioso olorcillo, y la agitación en que se encontraba lo hizo respirar profundo. Pronto sintió algo de sueño, y luego no supo más.
—¡Mira qué bien hiciste! —regañó Abimael—. Ahora tenemos a este judío adentro, y no podemos seguir con los experimentos.
—No exageres, es sólo por unas pocas horas, y perfectamente puedes seguir con los análisis que dependen de los sensores externos —dijo Samuel—. Deja para el final el examen de los ejemplares marinos.
—Sea, pero si despierta, más de algo nos va a romper.
—Déjalo dormir un rato para que se calme, y luego despiértalo.
—Voy a ir quitando el gas de a poco.
—Hazlo.
Después de toda esa agitación, el pobre Jonás durmió como un justo. Soñó con su niñez en Jerusalén, cuando acompañaba a su padre Amitai a bañarse al estanque de Betzata, donde por casualidad vio por primera vez a una mujer desnuda... ¡Otra vez esos malditos pensamientos!... ¡Así cuándo iba a hacer las paces con Jehová!...
Despertó agitado. ¡Aún estaba vivo, y ya había pasado una noche! Tal vez aún había esperanzas... Si tan sólo pudiera hacer vomitar al pez...
Siguió pensando, primero de espaldas en el suelo, y luego sentado.
—¿Hacia qué lado quedarían las fauces, y hacía qué lado estaría... ¡Ajjjj! ¡Otra vez esos sucios pensamientos!
¡¡No!!, lo mejor era la oración...
—Despertó.
—¡Y está cantando otra vez!
—Pero si es horrible, ¿todos aquí cantarán así?
—¡Cómo serán los coros!
Mientras cantaba, Jonás se iba dando cuenta del entorno que lo rodeaba. En la semipenumbra vislumbró unas cosas rectas que iban por arriba de la garganta del pez. Seguramente eran venas, pensó.
Si lograra romper alguna de esas venas. Posiblemente, el pez vomitaría y eso lo volvería a él al agua. Se puso de pie y comenzó a saltar. Le faltaban como 30 centímetros para alcanzar las venas.
—¡Está saltando! —reclamó Abimael.
—Déjalo, está bien que haga ejercicio.
—Pero es que está tratando de alcanzar los cables.
—Déjalo, están muy altos, es imposible que los alcance.
—¡Mira ese salto!
—¡Se colgó de la fibra óptica!
—¡¡Sácalo, que nos va a dejar sin control!!
La iluminación interior comenzaba a pestañear cuando Rafael atinó a soltar nuevamente el gas anestésico.
Jonás, entusiasmado, se revolvía haciendo contorsiones, tratando de poner más peso, y así cortar la vena del monstruo. Cuando ya creía que esto podía funcionar, sintió el mismo olorcillo de antes, luego sus músculos se aflojaron, y se fue de un viaje al suelo.
No alcanzó ni a decir ni ay, y un profundo sueño lo invadió.
Este acto se repitió por otras dos veces, lo que Jonás dentro de su ignorancia, interpretó como tres días y tres noches.
Cada vez que despertaba, las emprendía con violencia en contra de las paredes del submarino. Esto ya tenía bastante complicados a Samuel y su tripulación, los que no hallaban cómo deshacerse del intruso, hasta que finalmente el momento llegó.
—Está subiendo la presión atmosférica.
—Pregunta arriba.
—Ya pregunté, y me indican que en tres horas más, el frente habrá pasado.
—¡Alabado sea Jehová! Por fin podremos deshacernos de ese mortal.
—Ahora está oscuro, es imposible.
—Bien, entonces, déjalo dormir hasta el amanecer, así descansará el pobre. Luego ubicamos un lugar tranquilo, y allí lo dejamos.
—Sea, ¡Pero que no vaya a despertar! ¡Capaz que cante o patée!
Al día siguiente amaneció hermoso, y como a las 8 de la mañana, cuando el sol ya había aparecido totalmente, el submarino comenzó a acercarse a la costa.
—Estamos al norte de Arvatierra de los asirios, y allí hay una playa. Si lo dejamos, sólo tendrá que seguir caminando hacia el este. Con seguridad podrá encontrar una caravana que lo lleve a Asur o a Nínive, que es donde está su misión.
—¡Qué esperamos!
Lentamente comenzaron a acercarse a la playa.
Jonás hacía como quince minutos que había despertado de su tercer sueño de las últimas 24 horas.
Sentía un dolor de cabeza. Además le dolía el codo y el hombro izquierdo con los costalazos, y el dedo gordo de su pie derecho era una miseria, debido a los puntapiés descargados contra los costados metálicos del submarino.
Ya comenzaba a incorporarse para un nuevo ataque, cuando escuchó un ruido proveniente de las entrañas del monstruo. Luego se dio cuenta que por todos lados entraba agua de mar, y cuando el nivel de ésta ya llegaba al pecho, vio una luz.
Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, no podían distinguir qué había más allá de la claridad, pero las ráfagas de aire fresco que entraban por donde estaba esa luz, que cada vez se agrandaba más, lo hizo darse cuenta que el pez estaba abriendo sus fauces.
¡Era ahora o nunca!
Corrió con todas sus fuerzas hacia la luz, tomó impulso y saltó.
—¡Saltó solo!
—Qué bueno, no hubo hubo necesidad de sacarlo a presión, con el agua.
—Ahora retrocede con cuidado, para no asustar a algún nativo que podría estar mirando y... ¡Sin encallar!
—Sé lo que hago. Llevo 700 años haciéndolo.
—No te enojes.
La nave, perfectamente conducida por Samuel, puso marcha atrás y desapareció en las profundidades del Mediterráneo.
Jonás estaba libre. Ni él mismo lo podía creer. Esa no la contaba dos veces. ¡Había que agradecer a Jehová! Comenzó a cantar:
—Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré.
Bueno, más claro no podía ser.
Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino.
Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo:
—De aquí a 40 días, Nínive será destruida.
Parece que el auto-convencimiento de Jonás era tal, que unido a la potencia de su voz, dejó convencidos a los asirios, a tal punto que como dicen las escrituras: «Los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos».
Además, «La noticia llegó hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio, y se sentó sobre ceniza», la que espero que haya estado apagada.
Para hacer el cuento más corto, les diré que gracias a su arrepentimiento se salvó Nínive, lo que hará suponer a ustedes que contentó mucho a Jonás, y que de ahí en adelante vivió feliz. Pues no.
Le bajó otra vez la neurastenia, pues estimó que Jehová era demasiado clemente. ¡Habráse visto! Y se enfrascó en otra discusión con Él, al respecto. Llegó hasta a decirle:
—Ahora pues, Oh, Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.
Por suerte que Jehová era Jehová y no un marinero fenicio, así que pacientemente le contestó:
—¿Haces tú bien en enojarte tanto?
Jonás siguió discutiendo, al igual que lo hacen en nuestros días algunos religiosos que intentan enmendarle la plana a Dios.
La Historia Sagrada no nos cuenta dónde terminó Jonás, pero yo creo que debe estar junto con algunos papas y arzobispos.
Tal vez deben estarse quejando de que hace mucho calor.
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.Si Jonás hijo de Amitai, hubiera nacido en nuestros días, en vez de hacerlo en el siglo VIII A. de C, sólo habría tenido dos posibilidades.
En caso de que su familia hubiese sido de bajos ingresos y vivido en una población, Jonás estaría en un loquerío, sedado constantemente con Diazepan.
Si por el contrario, hubiera vivido en la Dehesa y tenido familiares metidos en la política, gozaría de su propio analista, quien lo interrogaría dos veces a la semana.
El problema que tenía don Jonás es que escuchaba voces.
Sí..., voces que generalmente provenían del lado derecho de su cabeza y que lo mandaba a hacer cosas.
En un principio no le dio mucha importancia y procuró no hacerles caso, pero después descubrió que eso era para peor, ya que si no realizaba lo que las voces le pedían, estas seguían repitiendo y repitiendo, hasta casi volverlo loco.
Jonás era por naturaleza bastante pulcro, le gustaba que las cosas estuvieran bien hechas y que no existieran errores. En su relación con Jehová era obsesivo; todo tenía que ser perfecto, aunque tenía una crítica: Jehová no era lo suficientemente enérgico.
Existía toda suerte de mortales que hacían lo que se les antojaba, y Jehová a veces los castigaba y a veces no. Además muchos se arrepentían y Jehová los perdonaba. ¡Así nunca iban a escarmentar! ¿Por qué Jehová no mostraba de una vez por todas su poder y achicharraba a esos pecadores? ¡Eso es lo que hacía falta!
Aún permanecía soltero, no porque no le gustaran las mujeres. Todo lo contrario, pero se alejaba con muchas dificultades de las tentaciones de la carne, porque sabía que eso sólo lo conduciría derecho al infierno, o si no, por lo menos al purgatorio.
Respecto a las voces, justamente había comenzado a escucharlas el día siguiente a su visita a Zobeida, hija de Aben Ahir.
Esa noche había estado bebiendo un vino griego bastante regular en casa de Ahir, y al volver a su casa, recordaba vagamente haber dormido mal. Bueno, no era para menos; el vino, el recuerdo de Zobeida con esos labios, esas caderas, esas... ¡No!, No debía pecar. Ni siquiera con el pensamiento.
Debería contraer matrimonio en el Templo... Pero las mujeres eran tan desordenadas... Era tan difícil encontrar una verdadera dueña de casa, como lo había sido su santa madre...
Recordaba que esa noche había tenido sueños, algunos bastante impropios, pero otros extraños.
Incluso tenía un vago y ridículo recuerdo de haber estado tendido de espaldas sobre una mesa; que un pequeño sol lo iluminaba desde el techo y unos fulanos de túnicas blancas le intruseaban la oreja derecha. ¡Qué ridículo!
Si hubiera tenido algunos sestecios de más, habría ido donde el agorero Dus Suel, para que los interpretara, pero pensándolo mejor, tal vez eso también podría ser mal visto a los ojos de su Dios.
Durante el mes, o mes y medio que llevaba escuchando las voces, se había dado cuenta de algunos fenómenos.
Una vez que limpiaba su espada, y teniéndola cerca de su cara y con la punta hacia arriba, había aparecido la voz, pero mucho más estruendosa. También, algunas noches atrás, desesperado al oír durante más de una hora la misma letanía, había sumergido su cabeza en el barril con agua donde guardaba las aceitunas y ¡Oh milagro! La voz había desaparecido.
El problema era que tenía que respirar.
Desgraciadamente, parece que ahora el caso se estaba agravando, porque no era la voz de costumbre que a cada rato repetía:
—Hola, Jonás, ¿Me estás escuchando?... Hola... Hola... 1, 2, 3... Jonás, Jonás.
Ahora era una voz mucho más grave. Sí, tal vez Jehová en persona que lo llamaba:
—Jonás, hijo mío: anda a Nínive, y proclama que su maldad ha subido hasta mí.
Jonás pensaba, y más de una vez lo había manifestado, que si Jehová tenía tanto poder, por qué no mandaba un rayo o algunos barriles de aceite hirviendo y los derramaba sobre los lomos de esos desobedientes asirios, en vez de estar requiriendo los servicios de este humilde servidor.
¿Qué iba a hacer él en Nínive? Además, sólo.
—Jonás hijo mío, levántate, ve a Nínive y pregona contra ella.
Sabido era que esos asirios de Nínive eran unos disipados, pero ¡irían a hacer algún caso de su pregón?
No fuera a acontecer como la última vez que se le ocurrió llamarle la atención a un filisteo por tener enredos con su cuñada. Todavía le dolía el cuerpo por la sarta de palos que había recibido. ¡Qué absurda manera de reaccionar tenían algunas personas!
Pero las voces seguían.
Dentro de su ignorancia, el pobre judío creyó que si se alejaba, Dios no se daría cuenta, y que tal vez buscaría a otro profeta que viviera más cerca de Nínive.
¡Tate!, pensó. Me cambio el look, me compro un sombrero grande (Dios siempre vigila desde arriba...), me voy a Jope, y allí saco pasaje en algún navío que vaya a Tarsis donde vive mi tía Yael, y me quedo con ella hasta que a Jehová se le olvide el asunto de Nínive.
Partió a medianoche para que nadie se diera cuenta, y llegó de madrugada a Jope. Allí no le costó mucho encontrar una barca de propiedad de un fenicio y de su hijo, que iban a Tarsis.
El viaje comenzó como a las 9 de la mañana «para aprovechar el viento», como dijo Teodoro el fenicio. Como a las 11 y media el viento había doblado su intensidad y la barca volaba.
Lo malo era que, al mismo tiempo el mar se había encrespado, y la dichosa barca subía y bajaba.
Jonás, no acostumbrado a estos avatares, comenzó a sentirse mal y a adquirir un tono verdoso. Para colmo de males, se le ocurrió bajar al interior de la nave, lugar donde sus padecimientos aumentaron, acrecentados por el intenso olor a oveja que había en las bodegas.
El pobre Jonás se sentía miserable.
Poco a poco el vendaval se fue transformando en tormenta y los pasajeros comenzaron a temer por sus vidas, y los fenicios por su barca.Cada uno rezaba a sus dioses, menos el pobre Jonás que encerrado en la cala y mareado hasta los tuétanos, no podía evocar a Jehová, ya que justamente de Él estaba arrancando.
Los rezos aumentaban, pero el temporal también, lo que hizo entrar en sospechas a más de algún marinero.
¡No fuera a ser cosa que el dios de ese hombre verde de sombrero inmenso, que está abajo, fuera el causante de todo este estropicio! ¿Por qué no rezaba?
El hijo de Teodoro no aguantó más y bajó a buscarlo:
—¿Qué tienes dormilón? Levántate y clama a tu Dios; quizá el tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos.
Jonás no atinaba a decir nada, sólo vomitaba.
—¿Qué oficio tienes, y de donde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?
—Soy hebreo y guuaaaa... ¡ay!... Temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra... ¡ay!... ¡ay!... guuuaaaaaaaaaa. Pero no puedo rezarle, pues estoy huyendo de Él... ¡ay!
Y aquellos hombres temieron sobremanera, y le dijeron:
—¿Por qué has hecho esto? —Porque ellos sabían que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado.
Teodoro y su hijo sacaban cuentas. Habían partido con sobrepeso, más o menos unos 160 siclos. Cada oveja debería de pesar unos 55 a 60 siclos. Por lo tanto, eran tres ovejas o el forastero del sombrero grande. ¡No había donde perderse!
Y le dijeron:
—¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se está embraveciendo más y más.
Esa fue la gota que rebalsó el vaso. ¡Ahora lo culpaban a él!
Lo perseguía Jehová, todo se movía, había vomitado en su sombrero nuevo, se sentía infame, y ahora estos ignorantes lo culpaban a él por la tormenta. No hay caso, eso tenía que ser la venganza de Jehová. ¡Esas cosas sólo le pasaban a él!
Hizo lo que muchas veces había hecho, y de lo que siempre después se había arrepentido: dio rienda suelta a su neura.
—¡Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará!
No pensó que los pasajeros lo tomarían al pie de la letra, y en un dos por tres se vio volando por la borda hacia las embravecidas aguas.
Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor, y ofrecieron sacrificio a Jehová, e hicieron votos.
* * * *
La nave había entrado al Mar Mediterráneo hacía apenas hora y media. El viaje desde la nodriza que orbitaba la Tierra había sido perfecto, y la entrada al agua se había realizado exactamente con una inclinación de 12° y a la velocidad justa, achicando lo más posible el escudo magnético.Samuel, su comandante, estaba alegre ya que hacía lo que le gustaba. ¡Qué magnífica y qué vasta era la creación divina!
Tras él y en otro compartimento, Rafael y Abimael analizaban a través de sensores remotos todo el entorno marino. Algo andaba mal. Los peces grandes se comían a los peces chicos, pero los peces chicos no se multiplicaban con la suficiente rapidez, lo que llevaba a los peces grandes a depredar otras especies.
Esto en ese momento no tenía importancia, pero en unos 2.800 a 3.000 años más, cuando estos terráqueos se multiplicaran, ese pequeño desequilibrio ecológico podría convertirse en una tragedia. Había que dejar todo funcionando perfectamente bien antes de irse.
Salinidad: 0,25% bajo lo normal.
Presión a 50 metros: normal.
Temperatura: 1,7° bajo la norma (no importaba porque en los próximos 800 años aumentaría la radiación solar).
Luminosidad a 12 metros: 3.2% sobre la norma (¡eso estaba mal!).
Velocidad de las corrientes: normal.
Pip, pip, pip.
Era Samuel en el intercomunicador:
—¿Han guardado algún espécimen en el depósito?
—No todavía.
—Bueno, ahora van a tener que guardar algo.
—¿Qué?
—Un judío.
—¿¿Qué??
—Ese tal Jonás.
—¿Qué le pasa?
—Está en el agua, lo botaron de la barca.
—¡Noooo!
—¡Siii! y tenemos que apurarnos, que si no, se nos ahoga.
—Pero si aquí no tenemos acomodaciones para más gente.
—No importa, déjenlo en el depósito.
—Pero ahí está todo mojado, y ni siquiera hay donde sentarse.
—¿Tú crees que a él le va a importar mucho? ¡Te has fijado cómo viven! Además, se trata de salvar su vida.
—Recuerda que no podemos intervenir.
—Ese hombre es como nosotros, tiene tres implantes de los nuestros, y si no lo ayudamos se va a morir. ¿Qué decides?
—Bien, bien, pero tendremos que entrarlo por succión, y ese judío respira aire. Se nos puede ahogar.
—Si lo hacen rápido, no.
—De acuerdo.
—Coordenadas 347 y 063, subiendo.
* * * *
El pobre Jonás algo había despertado con el chapuzón, pero ahora el problema era mayor: se ahogaba.
Braceaba como podía, pero el mar embravecido lo subía y lo bajaba como a un corcho. No veía donde estaba, no sabía hacia donde nadar. El simple hecho de mantenerse a flote era ya casi imposible. Todo era agua y espuma.
¡Qué necio había sido tratando de esconderse de Jehová!
—Jehová, Dios de mi pueblo, Jehová Dios de Abraham, perdona mi desobediencia...
El mar seguía enfurecido.
Una ola lo tomó y después de elevarlo, lo sumergió uno o dos metros bajo la superficie. Perdió aire y tragó agua. Parece que el fin estaba cerca.
—Jehová, Dios de Israel, sálvame de ésta y me voy a predicar donde tú quieras.
Creyó que sus pulmones iban a explotar.
Braceó y pataleó con las pocas fuerzas que le quedaban, y logró llegar hasta el tan ansiado aire. Allí tomó otra ola que lo elevó dos o tres metros sobre la superficie.
Aprovechando su posición, trató de ver si había tierra cerca o por lo menos algo de qué agarrarse. Nada. Sólo a su izquierda notó algo gris plateado que se le acercaba.
¡Nooo!, esas cosas sólo le pasaban a él. ¡Ahora iba a ser devorado por un pez! ¡¡Qué idiota había sido al ponerse en la mala con Jehová!!De repente, una corriente lo tiró hacia abajo. Sólo vio agua azul oscuro, espuma blanca, burbujas transparentes y algo plateado. Luego perdió la conciencia.
* * * *
—Lo tenemos dentro, junto a tres peces grandes y doce sardinas.
—Fuera el agua, y rápido.
—Tres atmósferas de presión de aire a la cámara.
—Agua saliendo.
—¡Pobre judío!
El desdichado Jonás había quedado boca abajo en el piso del depósito. Parece que no respiraba.
Abimael, que vigilaba lo que estaba ocurriendo en el depósito a través de su pantalla, se puso de pie con intención de dirigirse a la compuerta que unía la sala de análisis con el depósito donde se encontraba Jonás, pero inmediatamente se escuchó la voz de Samuel:
—¡No!, eso si que no.
—Pero es que no respira.
—Y si llega a respirar, te va a contagiar todas las plagas de su mundo. Deja. Los que hacen eso están preparados y vacunados. No es nuestra labor.
En ese momento, Jonás tosió botando agua por la boca y la nariz.
Rafael, que hasta ese momento sólo había mirado lo que estaba sucediendo, tomó la manga de Abimael y lo volvió a su silla, al mismo tiempo que oprimía un botón azul en el tablero.
La presión en el depósito aumentó otra atmósfera, pero ahora era oxígeno puro el que entraba por las toberas.
Jonás seguía tosiendo atorado, pero cada vez que aspiraba, litros de vivificante oxígeno entraban a sus pulmones.
Rafael inyectó más oxígeno.
—Oxígeno a 60%
—Súbelo, pero baja la presión.
—Oxígeno a 75%, y presión 1,8 atmósferas.
—Mantenlo.
Poco a poco Jonás se iba recuperando, ya sus ojos algo alcanzaban a ver. ¡Estaba en la barriga del pez!
—Bueno, ¿Y ahora qué hacemos con él?
—Deja que se recupere.
—¿Y después?
—Bueno, lo dejamos en alguna parte.
—¿Donde? ¿Lo tiramos al agua otra vez?
—No. ¡Con esta tormenta!
—Esperemos que se calme.
En eso estaban cuando desde dentro del depósito se escuchó:
«Me echaste a lo profundo, en medio de los mares,—¡¿Qué pasa?!
Y me rodeó la corriente.
Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí,
Entonces dije...»
—¡¡Está cantando!!
—¿Por qué?
—¡Qué sé yo!
«...Desde el seno del Seol exclamé,—¡Pero este tipo tiene muy mala voz!
Y mi voz oíste...».
—¡Es horroroso!
—Es que así ora a Jehová.
—Pero ni siquiera rima.
—¡Pobre Jehová!
—Tiene locos a los encargados de escuchar por los implantes. La semana pasada se quejaron a Gabriel. Hace esto mismo cuatro o cinco veces al día.
—¿Qué hacemos? ¿Lo volvemos al agua?
—No, es un buen hombre y tiene una misión que cumplir.
—Supongo que no será cantando loores.
—No, pero aunque tú no lo creas, tiene una gran facilidad de palabra.
—Bien, entonces desconecta el audio.
A Jonás se le habían acostumbrado un poco los ojos a la oscuridad reinante, y ya algo veía en el interior del depósito.
Se asombró de estar vivo aún. Si su destino era morir tragado por un pez, ¡Ese maldito no se la iba a llevar tan fácil: pelearía hasta morir!
Tomó vuelo y las emprendió en contra del fondo del depósito, suponiendo que por ahí estaría la campanilla del monstruo.
—¡Samuel!... ¡Tu judío está pateando la compuerta!... ¡Va a romper el link del láser!
—¡¡Páralo!!
—¿Cómo, si no lo puedo tocar?
—¡¡Páralo!!
Por suerte, Rafael estaba un poco más calmado que Abimael, e hizo lo único que se debía hacer: abrió las válvulas del gas anestésico, precaución que los constructores de la nave habían tomado siglos antes, ya que en ese recinto, muchas veces era necesario manipular animales salvajes.
—¡Va Pentotal!
Jonás primero sintió el curioso olorcillo, y la agitación en que se encontraba lo hizo respirar profundo. Pronto sintió algo de sueño, y luego no supo más.
—¡Mira qué bien hiciste! —regañó Abimael—. Ahora tenemos a este judío adentro, y no podemos seguir con los experimentos.
—No exageres, es sólo por unas pocas horas, y perfectamente puedes seguir con los análisis que dependen de los sensores externos —dijo Samuel—. Deja para el final el examen de los ejemplares marinos.
—Sea, pero si despierta, más de algo nos va a romper.
—Déjalo dormir un rato para que se calme, y luego despiértalo.
—Voy a ir quitando el gas de a poco.
—Hazlo.
Después de toda esa agitación, el pobre Jonás durmió como un justo. Soñó con su niñez en Jerusalén, cuando acompañaba a su padre Amitai a bañarse al estanque de Betzata, donde por casualidad vio por primera vez a una mujer desnuda... ¡Otra vez esos malditos pensamientos!... ¡Así cuándo iba a hacer las paces con Jehová!...
Despertó agitado. ¡Aún estaba vivo, y ya había pasado una noche! Tal vez aún había esperanzas... Si tan sólo pudiera hacer vomitar al pez...
Siguió pensando, primero de espaldas en el suelo, y luego sentado.
—¿Hacia qué lado quedarían las fauces, y hacía qué lado estaría... ¡Ajjjj! ¡Otra vez esos sucios pensamientos!
¡¡No!!, lo mejor era la oración...
«Cuando mi alma desfallecía en miEl cristal polarizado que dividía las dos habitaciones llegaba a vibrar. Tal vez Jonás no era muy entonado, pero su voz sobrepasaba los 20 decibeles.
me acordé de Jehová,
Y mi oración llegó hasta ti
en tu santo templo...».
—Despertó.
—¡Y está cantando otra vez!
«Los que siguen vanidades ilusorias,Abimael miraba la pantalla con el volumen al mínimo, y no podía convencerse.
su misericordia abandonan,
Más yo con voz de alabanza...».
—Pero si es horrible, ¿todos aquí cantarán así?
—¡Cómo serán los coros!
Mientras cantaba, Jonás se iba dando cuenta del entorno que lo rodeaba. En la semipenumbra vislumbró unas cosas rectas que iban por arriba de la garganta del pez. Seguramente eran venas, pensó.
Si lograra romper alguna de esas venas. Posiblemente, el pez vomitaría y eso lo volvería a él al agua. Se puso de pie y comenzó a saltar. Le faltaban como 30 centímetros para alcanzar las venas.
—¡Está saltando! —reclamó Abimael.
—Déjalo, está bien que haga ejercicio.
—Pero es que está tratando de alcanzar los cables.
—Déjalo, están muy altos, es imposible que los alcance.
—¡Mira ese salto!
—¡Se colgó de la fibra óptica!
—¡¡Sácalo, que nos va a dejar sin control!!
La iluminación interior comenzaba a pestañear cuando Rafael atinó a soltar nuevamente el gas anestésico.
Jonás, entusiasmado, se revolvía haciendo contorsiones, tratando de poner más peso, y así cortar la vena del monstruo. Cuando ya creía que esto podía funcionar, sintió el mismo olorcillo de antes, luego sus músculos se aflojaron, y se fue de un viaje al suelo.
No alcanzó ni a decir ni ay, y un profundo sueño lo invadió.
Este acto se repitió por otras dos veces, lo que Jonás dentro de su ignorancia, interpretó como tres días y tres noches.
Cada vez que despertaba, las emprendía con violencia en contra de las paredes del submarino. Esto ya tenía bastante complicados a Samuel y su tripulación, los que no hallaban cómo deshacerse del intruso, hasta que finalmente el momento llegó.
—Está subiendo la presión atmosférica.
—Pregunta arriba.
—Ya pregunté, y me indican que en tres horas más, el frente habrá pasado.
—¡Alabado sea Jehová! Por fin podremos deshacernos de ese mortal.
—Ahora está oscuro, es imposible.
—Bien, entonces, déjalo dormir hasta el amanecer, así descansará el pobre. Luego ubicamos un lugar tranquilo, y allí lo dejamos.
—Sea, ¡Pero que no vaya a despertar! ¡Capaz que cante o patée!
Al día siguiente amaneció hermoso, y como a las 8 de la mañana, cuando el sol ya había aparecido totalmente, el submarino comenzó a acercarse a la costa.
—Estamos al norte de Arvatierra de los asirios, y allí hay una playa. Si lo dejamos, sólo tendrá que seguir caminando hacia el este. Con seguridad podrá encontrar una caravana que lo lleve a Asur o a Nínive, que es donde está su misión.
—¡Qué esperamos!
Lentamente comenzaron a acercarse a la playa.
Jonás hacía como quince minutos que había despertado de su tercer sueño de las últimas 24 horas.
Sentía un dolor de cabeza. Además le dolía el codo y el hombro izquierdo con los costalazos, y el dedo gordo de su pie derecho era una miseria, debido a los puntapiés descargados contra los costados metálicos del submarino.
Ya comenzaba a incorporarse para un nuevo ataque, cuando escuchó un ruido proveniente de las entrañas del monstruo. Luego se dio cuenta que por todos lados entraba agua de mar, y cuando el nivel de ésta ya llegaba al pecho, vio una luz.
Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, no podían distinguir qué había más allá de la claridad, pero las ráfagas de aire fresco que entraban por donde estaba esa luz, que cada vez se agrandaba más, lo hizo darse cuenta que el pez estaba abriendo sus fauces.
¡Era ahora o nunca!
Corrió con todas sus fuerzas hacia la luz, tomó impulso y saltó.
—¡Saltó solo!
—Qué bueno, no hubo hubo necesidad de sacarlo a presión, con el agua.
—Ahora retrocede con cuidado, para no asustar a algún nativo que podría estar mirando y... ¡Sin encallar!
—Sé lo que hago. Llevo 700 años haciéndolo.
—No te enojes.
La nave, perfectamente conducida por Samuel, puso marcha atrás y desapareció en las profundidades del Mediterráneo.
Jonás estaba libre. Ni él mismo lo podía creer. Esa no la contaba dos veces. ¡Había que agradecer a Jehová! Comenzó a cantar:«Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Más yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; Pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová».Para él hasta ahora, las oraciones eran sólo eso, oraciones. Es decir, palabras o cánticos que uno decía aquí, y que Jehová escuchaba allá, y que probablemente después Él agradecería. Por lo tanto, cual no sería su sorpresa, cuando oyó clarito en su oreja derecha:
—Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré.
Bueno, más claro no podía ser.
Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino.Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo:
—De aquí a 40 días, Nínive será destruida.
Parece que el auto-convencimiento de Jonás era tal, que unido a la potencia de su voz, dejó convencidos a los asirios, a tal punto que como dicen las escrituras: «Los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos».
Además, «La noticia llegó hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio, y se sentó sobre ceniza», la que espero que haya estado apagada.
Para hacer el cuento más corto, les diré que gracias a su arrepentimiento se salvó Nínive, lo que hará suponer a ustedes que contentó mucho a Jonás, y que de ahí en adelante vivió feliz. Pues no.
Le bajó otra vez la neurastenia, pues estimó que Jehová era demasiado clemente. ¡Habráse visto! Y se enfrascó en otra discusión con Él, al respecto. Llegó hasta a decirle:
—Ahora pues, Oh, Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.
Por suerte que Jehová era Jehová y no un marinero fenicio, así que pacientemente le contestó:
—¿Haces tú bien en enojarte tanto?
Jonás siguió discutiendo, al igual que lo hacen en nuestros días algunos religiosos que intentan enmendarle la plana a Dios.
La Historia Sagrada no nos cuenta dónde terminó Jonás, pero yo creo que debe estar junto con algunos papas y arzobispos.
Tal vez deben estarse quejando de que hace mucho calor.
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Sodoma
Por Ernesto de la Fuente
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.
Eran aproximadamente las tres y media de la tarde y el sol pegaba fuerte en el desierto de la meseta de Judea. Uriel y Samaniel aguantaban estoicamente los 42º C y caminaban con energía con rumbo 236, tal como se les había indicado.
Hacía menos de 20 minutos que habían salido de la tienda de ese tal Abraham, donde se había realizado la última reunión y poco más de 8 horas desde que habían sido tele-transportados desde la gran nave que orbitaba la Tierra, a más de 680 Kms de distancia.
No conversaban, ya que entre ellos podían leerse el pensamiento, el que para ambos era igual: terminar lo antes posible esta misión, volver a la nave con su aire acondicionado y luego retornar a casa. ¡Ya llevaban demasiado tiempo fuera!
Todo habría sido más fácil si no hubiera existido ese famoso Lot y su familia.
Gabriel podría haber quemado inmediatamente el exceso de combustible nuclear que habían acumulado en todos estos años, y luego echárselas rápidamente para la casa.
Pero no. El tal Lot, a quien no conocían, se le había ocurrido irse a vivir a Sodoma, ese pueblo cercano al depósito, y del que tanto se cuchicheaba y se hacían bromas en la nave.
Lo peor era que Lot era sobrino de Abraham, quien era amigo de Gabriel, y que además cumplía con todos los mandamientos. No podían sacrificarlo a él también, pero... ¡Cómo se le ocurría irse a vivir allí, con todos esos pecadores degenerados!
Ahora ellos tenían que ir a sacarlo antes de la explosión, la que a más tardar debería realizarse a las 07:18 del día siguiente, para así poder abandonar la gravedad terrestre antes de la hora H, que era las 08:06. Quedaban 14 horas y 23 minutos.
No fuera cosa que se pusiera porfiado y no quisiera salir. Con estos judíos podía esperarse cualquier cosa, eran tan burros.
Siguieron caminando por otros 15 minutos hacia un montículo que se veía a lo lejos.
Al acercarse vieron que se trataba de un letrero escrito en arameo, en el que se podía leer:
Desgraciadamente no había puesto mucha atención cuando los aleccionaron antes de bajar. Sólo recordaba que un estadio tenía 8,76 cañas y una caña 3,217 codos y un codo 9,3 palmos, pero eso traducido a U.U. ¿cuanto sería?
—Ya casi estamos allí —dijo Samaniel, adivinando los problemas de su compañero.
—Ya estaba bueno —protestó Uriel—. Esta sandalia que me dieron me queda grande y se me anda saliendo a cada rato. ¿Por qué no podemos venir acá con nuestras propias botas?
—Cómo se te ocurre. ¿Dónde has visto ángeles con botas?
—Pero si con estas polleras largas no se notarían.
—Calla, que allí viene un pastor - ¡La paz sea contigo, buen hombre!
—Paz forastero, ¿hacia donde os dirigís?
—A Sodoma, a entregar un mensaje.
—Tened cuidado con sus habitantes, yo me escapé jabonado.
—¿Cómo así?
—Entré a la plaza mayor a comerciar mis ovejas, pero fui sorprendido por una banda de fascinerosos que me persiguieron con inconfesables fines.... El que tenga oídos que escuche... Logré escapar yo, más no así algunas de mis ovejas... Bueno, total de todas maneras las iba a vender —agregó el pobre pastor consolándose.
Lamentablemente, Uriel y Samaniel habían sido tan bien criados y educados, antes de salir a esta misión, sin ver malos ejemplos, que nada entendieron de lo que intentó decirles el pastor, así es que siguieron su camino para cumplir con su deber.
Pronto cruzaron las murallas de la ciudad y se internaron entre sus callejuelas.
No dejó de impresionarlos el Palacio del Ayuntamiento, pintado de color rosa, o el Sanedrín de un beige barquillo.
No podía negarse que en arquitectura y paisajismo los sodomitas tenían muy buen gusto, aunque un poco recargado, según Samaniel.
También los emocionó la propaganda callejera.
Sobre el Palacio de Gobierno había un gran letrero que decía: «El Camino a la Felicidad es el Recto».
—¡Que bien! —pensaron ambos servidores del Señor.
Ahora buscaban la casa de Lot: Las Jacarandas 027.
No estaba. Había Las Higueras, Los Olivos, pasaje Las Higuerillas, los Sicomoros, pero Jacarandas nada.
Decidieron preguntarle a un hombre que pasaba. Este era chico, moreno y tuerto.
—Decidme hombre, ¿conocéis la calle Los Jacarandas?
—Uy, no. Fijesé que yo no soy de aquí, yo soy de Gomorra fijesé. Vine a ver a un amigo. Pero las calles con nombres de flores están para el otro lado, fijesé.
Era impresionante como el hombre incrustaba su mirada en ambos ángeles.
—Gracias, la encontraremos —dijo Samaniel con una hermosa sonrisa.
—Chao —dijo el hombre lentamente y mirándolos de reojo hacia arriba.
—Chao —repitió Uriel extrañado.
El hombre se retiró, pero cuando estaba como a 20 metros de ellos, se dio vuelta y gritó:
—¡Mijitos ricos! —y salió huyendo.
Uriel y Samaniel no supieron qué pensar. Raro el tipo.
Finalmente dieron con la dirección. Era una casa como cualquiera otra de la vecindad, en la que por supuesto no se veía ningún jacaranda. La puerta estaba abierta y afuera sentado en la vereda, tomando aire de la tarde, se encontraba el propio Lot.
Inmediatamente reconoció a los ángeles por su estatura, se levantó a recibirlos y se inclinó hacia el suelo.
—Bienvenidos señores, os ruego que entréis a casa de vuestro siervo.
—Gracias hombre, ¿eres tú Lot, sobrino de Abraham, hijo de Taré? —alcanzó a preguntar Samaniel, antes de que desde adentro se escuchara una chillona voz femenina.
—Loty, ¿quién es?
—Son los Ángeles, m'hijita.
—Que se limpien los pieees.
—Si m'hijita.
—¡Es que yo no me voy a pasar toda la vida limpiando! Tú por lo menos podrías haber barrido la vereda para que no entrara tierra. La última vez que vinieron tus amigos....
—M'hijita, es que esos no eran ángeles.
—No os preocupéis mujer. Nosotros sólo venimos a dejaros un mensaje y luego nos retiraremos —alcanzó a decir Samaniel.
—Señores, no podéis hacerme eso, ya luego caerá la noche. Concededme el honor de hospedaros —dijo Lot compungido.
—No os preocupéis buen hombre, nosotros nos arreglamos en cualquier lugar —dijo Samaniel.
—Señores, por favor, no despreciéis el hogar de este humilde siervo. Además la ciudad es peligrosa de noche.
—Bueno, si insistes —se adelantó Uriel.
—Señores pasad, allá al fondo a la derecha, podréis lavaros vuestros pies.... Mi amooor, prepárenos algo de comer.....
—¡No hay levadura!
—Bueno, unas aceitunitas que sea, y haga el pan sin levadura.
—Usté sabe que así no sube. Además con la porquería de horno que tenemos, quizás cuánto se va demorar. La leña que trajeron esos amorreos no sirve para nada, y además te engañaron. Eso nunca es un efa de leña, ni siquiera son cinco gomer. En Ur, en casa de mi padre, le comprábamos la leña a los caldeos y esa si que era leña, no como....
—Mi amorcito... ¿nos deja conversar, por favor?...
—Claro, solamente lo que tú hablas tiene importancia.
—Por favor, callad un momento que traemos importantes nuevas del Señor.
—Ohhh —fue lo único que se le ocurrió decir al pobre Lot.
—Sí. Esta ciudad será destruida por su iniquidad —dijo Uriel adelantándose y cerrándole un ojo a su compañero.
—Sí, por su iniquidad —repitió Samaniel.
—¿Toda Sodoma? —preguntó Lot incrédulo.
—Sí, y además Gomorra.
—Supongo que esta no será una broma —balbuceó Lot.
—¿Qué es lo que van a destruir? —gritó la mujer desde la cocina.
—Toda la ciudad, mhijita.
—¡Cómo! ¿Y esta casa?
Se produjo un embarazoso silencio, y luego Samaniel dijo compungido:
—También.
La mujer salió de la cocina indignada.
—¿Cómo es posible? ¡Ahora salen con eso! ¿Por qué no avisaron antes? Acabamos de cambiar el piso, y ni siquiera hemos terminado de pagarla....
—¡Mejor! —saltó Uriel, aunque luego tuvo que arrepentirse ante la mirada disciplinaria de su compañero.
—Supongo que Alguien nos pagará los daños.... Si no, qué saca una con seguir los mandamientos..... Yo siempre le dije a este tonto....
—Pero..... ¿perecerán todos? —gimió Lot, mirando el bello rostro del ángel.
—Todos.
—Pero si hubiera algunos justos.....
—Mira —dijo Samaniel conciliador—, eso ya lo discutió tu tío con el Señor, pero no se encontró a nadie. Aquí el que no es gay es estafador, ladrón o ufólogo. No hay caso.
—Bueno y ¿quién se encargará del traslado? —inquirió la mujer— porque las cosas que nosotros tenemos son finas, incluso tenemos algunas vasijas que trajimos desde Ur, y que ni aquí ni en otra parte se encuentran. También las niñitas tienen que llevar lo que es de ellas, porque cuando encontremos con quien casarlas.........
—Deberemos partir de mañana —zanjó Samaniel, ya algo molesto.
—Claaaro, y con el apuro no vamos a alcanzar a recuperar las cosas que este tonto de mi marido ha prestado por toda Sodoma, a pesar de lo que siempre yo le he dicho, que.........
En eso estaban cuando se escucharon fuertes ruidos y murmullos en la calle, seguidos por potentes golpes en la puerta de entrada.
—Lot, sobrino de Abraham, hijo de Taré, ¡Abrid la puerta! —se escuchó decir a una engolada y aguardentosa voz.
—¡Escondeos señores, son ellos! —tartamudeó Lot.
—¿Dónde están los hombres que vinieron a tu casa esta noche? ¡Sácalos! ¡Queremos conocerlos! —gritaron desde fuera.
—Ningún problema —dijo inocentemente Samaniel abriendo la puerta—. Nosotros mismos nos presentaremos.
—¡Nooo, señor! —gritó Lot— ¡¡Hablan en sentido bíblico!!
Ya era tarde, Samaniel había abierto la tranquera y una multitud trataba de ingresar por la angosta puerta. Sin embargo el ángel, con la cooperación de su compañero y pensando en la limpieza del piso de la mujer de Lot, empujó hacia afuera, arrastrando con facilidad a la mayoría de los sodomitas.
Afuera varios rodearon a Uriel.
—Contigo queríamos conversar, bello dátil del desierto.
—Sí, sí, pero quitadme la mano de ahí.
—Eres alto y esbelto como una palma.
Samaniel no se las llevaba mejor. Lo habían rodeado varios individuos con el velludo torso desnudo y muñequeras negras de cuero, que trataban de susurrarle cosas en el oído.
Lot aterrado contemplaba todo esto desde la puerta de su casa, acompañado por su mujer y sus dos hijas. Estas últimas observaban con lascivia y entre risitas lo que estaba ocurriendo. Habían crecido en ese ambiente, se estaban divirtiendo. Ellas no solamente habitaban Sodoma, sino que Sodoma había terminado por habitar sus corazones.
—Por favor, amigos míos —se atrevió a decir Lot— no vayan a hacer una cosa tan perversa. Yo tengo dos hijas que todavía no han conocido varón (ahora las risitas de las muchachas se transformaron en carcajadas). Voy a sacarlas para que ustedes hagan con ellas lo que quieran, pero no les hagan daño a estos hombres, porque son mis invitados.
Recién ahora Samaniel vino a caer en la cuenta de qué se trataba.
Una ola de santa indignación lo invadió. De un solo empujón se deshizo de los que lo rodeaban y gritando: «¡Uriel, hade ben assá!», se parapetó contra la muralla.
Su compañero reaccionó al unísono y extrayendo un pequeño aparato dorado de entre sus ropas, cerró los ojos y disparó contra la multitud.
Una luz blanca cien veces más potente que un arco voltaico invadió el ambiente por unas centésimas de segundo, penetrando a través del cristalino y quemando la retina de los que mantuvieron los ojos abiertos. Luego sólo se escucharon quejidos.
—Entremos —mandó Samaniel.
Ya todos estaban adentro cuando Lot se dio cuenta de que sus hijas no estaban. Desesperado volvió a buscarlas. Tuvo que saltar por entre los cuerpos de los sodomitas que se arrastraban por el suelo absolutamente ciegos.
—Aaaaayyy... Eliyah, ¿dónde estás?
—Animaaal..... mira, se me quemaron las pestañas.... uuuyyyy.
—¿Cómo quieres que mire, si no veo ná?
—¡Maldito goim, me quemaste la cara, me va a quedar la cicatriz!
El olor era intolerable. Una mezcla de sudor masculino con perfumes como pachulí y sándalo, además del hedor a pelo quemado. Todos tenían sus manos en el rostro, algunos sollozaban quedamente.
Como a 20 metros de distancia y ayudado por la luz de la luna, Lot divisó a sus hijas. Estaban agachadas en la oscuridad tratando de reanimar a uno de los caídos.
—Leth, Leth..... somos nosotras ¿Donde está Jazmín?
—No seeee...... no veo nada.
—Levántate, salgamos de aquí.
—¡Hijas! —gritó Lot— ¿Qué hacen aquí?
—¡Pero padre, no dijiste que.....!
—¡Adentro!
—Pero tú a ellos les prometiste.....
—¡¡Adentro!!
De mala gana las muchachas entraron a la casa.
Ahora la figura de Samaniel había adquirido un extraño brillo. Sus ojos azul intenso, parecían escupir fuego. Ya no era el humilde y condescendiente gigantón de hace pocos instantes. Con una sola mano tomó a Lot por sus ropas a la altura del pecho y lo sentó sobre la mesa.
—¿Tenéis más familiares aquí?
—....No.......yo.....
—Toma a tus hijos, hijas y yernos, y todo lo que tengas en esta ciudad; sácalos y llévatelos lejos de aquí, porque vamos a destruir este lugar.
—...Si...
—Ya son muchas las quejas que el Señor ha tenido contra la gente de esta ciudad, y por eso nos ha enviado a destruirla.
—...Si...
—Ahora levántate y prepara todo, que no tienes mucho tiempo.
La mujer de Lot, que debido a la sorpresa había permanecido hasta entonces callada, volvió a la carga:
—Bueno, aún no hemos arreglado el asunto del lugar donde iremos a vivir. Mire que las niñas están acostumbradas a tener su propia....
—¡¡Calla, mujer!! —ahora fue Uriel quien rugió— ¡Trata de salvar tu propia vida!
Nunca la habían tratado así, así es que la mujer ni chistó. Solo pensó:
«Ayyy, Si mi marido fuera alguna vez así.....».
En esa casa, esa noche nadie durmió, y antes del alba Samaniel se acercó a Lot que dormitaba apoyado en la mesa del comedor, y lenta y dulcemente le dijo en voz baja:
—Levántate, toma tu mujer, y tus dos hijas que se hallan aquí, para que no perezcas en el castigo de la ciudad.
Al despertar, Lot estaba paralogizado, sus ojos se encontraban fijos en el vacío y su boca entreabierta. No atinaba a hacer nada. No hablaba.
Lo que había visto y oído en esas últimas 12 horas era demasiado para un simple comerciante judío. Creía firmemente en el Dios de sus padres, pero nunca había visto su poder tan de cerca, y ahora iba a ser testigo de la aniquilación de dos ciudades.
Siempre había abominado de los habitantes de Sodoma y Gomorra por sus pervertidas costumbres, pero ahora.... después de ver esa caricaturesca escena en la puerta de su casa..... solo tenía pena...... pena y miedo. Sí, mucho miedo.
Desde las habitaciones interiores apareció Uriel acompañado de la mujer y las hijas de Lot.
—Vamos —dijo.
Lot ni se movió.
Ambos ángeles se miraron. Era obvio que ese hombre estaba bloqueado, y que ninguna palabra podría moverlo. Ya estaban acostumbrados.
Samaniel acarició la cabeza de Lot y blandamente lo tomó de la mano. Lo mismo hizo Uriel con la mujer y las hijas, y así tomados todos de la mano salieron de la vivienda.
Las calles estaban vacías, aunque de vez en cuando aparecía uno que otro rostro tras alguna ventana o incluso alguien en las esquinas, que al verlos huía.
Se había corrido la noticia del extraño poder de esos hermosos extranjeros.
Así caminando, llegaron a las afueras de la ciudad y Samaniel se dirigió a Lot:
—¡Ahora corre, ponte a salvo! No mires hacia atrás, ni te detengas para nada en el valle. Vete a las montañas, si quieres salvar tu vida.
Lot con la caminata y el aire fresco de la noche, se había recuperado y en esos momentos estaba recién tomando conciencia, aterrado, de lo que ocurría:
—¡No señores míos, por favor! Así, con todas las cosas que cargan mi mujer y mis hijas, jamás llegaríamos a tiempo a las montañas.
Uriel y Samaniel miraron la llanura hacia El Lissan.
Lo que acababa de decir el judío podía ser cierto. Las montañas de Hebrón se encontraban a bastante distancia y a ese paso, el hombre y su familia demorarían cerca de una hora en llegar.
En esos momentos Amiel y Misael ya deberían de haber puesto el detonador y seguramente se dirigían al teletransportador. La reacción nuclear no tardaría más de cincuenta minutos en producirse.
Incluso ellos corrían peligro, ya que el regreso al punto de encuentro les tomaría sus buenos 45 minutos. No podían seguir acompañando a Lot y su familia, ya que iban en sentido contrario.
—Señores —clamó Lot—, cerca de aquí hay una ciudad pequeña, a la que puedo huir. ¡Déjenme ir allá para salvar mi vida!
—¿Qué es esto? —pensó Uriel.
—Se trata de Zoar —le respondió telepáticamente Samaniel—, una ciudad pequeña y que se encuentra al noroeste y a mucho menor nivel que las otras, es probable que sobreviva a la onda expansiva.
—Te he escuchado y voy a hacer lo que me has pedido. No voy a destruir la ciudad de que me has hablado —total, no estaba en la lista, pensó— pero ¡anda! vete allá de una vez, porque no puedo hacer nada, mientras no llegues a ese lugar.
El pobre hombre no hallaba como agradecer a los ángeles, e intentó tomar la mano de Samaniel y besarla, este la retiró y en tono autoritario dijo:
—¡Vete!
La mujer lo tomó de la manga y acercando su boca al oído de Lot, le susurró:
—Anda, aprovecha ahora para pedirles.....
—Ahora no m'hijita.
Los ángeles se alejaron caminando rápidamente hacia Idumea al sur de Hebrón. El sol aún no comenzaba a aparecer al otro lado de las montañas.
Lot caminaba, miraba al cielo y oraba. Sus hijas le seguían de cerca ahora mucho más serias, aunque todavía incrédulas. La mujer refunfuñaba.
—Lot, sobrino de Abraham, perfectamente podrías haberles dicho que......
—¡Esperen! —dijo Lot— Ustedes sigan adelante, yo necesito orar.
—Claaaro, con eso lo arreglas todo —dijo la mujer, pero siguió caminando.
Lot dobló sus rodillas y extendió sus brazos en cruz. Su oración era un murmullo ininteligible. Así permaneció como dos minutos, después de los cuales se le oyó decir:
—Señor, escucha Señor mi ruego.....
Luego, con su mirada perdida entre los arreboles del amanecer, siguió caminando hasta unirse al grupo.
Siguieron andando hasta llegar a Ben Haseth, donde el camino comenzaba a bajar hacia Zoar. La mujer no dejaba de hablar, pero ahora con sus hijas:
—¡Vieron!, hagan algo ustedes, ¡Díganle!, porque tendrían que pagarnos por lo menos la casa. Si no aprovechamos ahora........
El sol comenzó a mostrarse en el horizonte.
Lot lo contemplaba aterrado, aunque no podía dejar de escuchar los reclamos de su mujer.
—Claro, ellos se van y qué les importan las cosas de los demás. Después de haber venido a la casa varias veces a comer cordero, ahora llegan y se van y no se acuerdan de nosotros, y este marido tonto y santurrón que Yahvé me dio.....
Así, de hinojos y de vez en cuando levantando sus brazos al cielo el pobre hombre seguía murmurando. Las mujeres ahora discutían acaloradamente en la mitad de la bajada hacia Zoar. Una de las hijas decía:
—Pero madre, no alegues tanto; tú tampoco fuiste capaz de reclamarles nada, siempre culpas a mi padre de todo.
—¡Ahhhhh! Claro, porque uno tiene buena educación y deja hablar al marido. ¿Ustedes creen que les tengo miedo a ese par de monstruos? No porque mi marido no tenga agallas, por no decir otras cosas, yo no voy a ser capaz de cantárselas claras, ahora van a ver..... —y partió de vuelta, subiendo el camino por el que recién había bajado.
Ya la mitad del sol había ascendido en el horizonte.
La mujer en su carrera se cruzó con Lot que venía bajando y este trató de detenerla.
—Mujer, ¿dónde vas?
—¡A cantárselas claras a ese par de amigotes tuyos! ¿Qué se habrán creído?, que por que ellos son ángeles......
—¡Mujer, espera!
—Tú espera. Y ora todo lo que se te antoje, que yo te voy a enseñar lo que es tener pantalones.
—¡Espera! Recuerda que nos advirtieron que no debíamos de volver atrás.
La mujer lo ignoró, e incluso apuró el paso hasta llegar a la cumbre de Ben Hasset, desde donde comenzó a bajar hacia Sodoma.
Lot vio como su mujer desaparecía en la cumbre y recordó las advertencias del ángel: «Por ningún motivo volváis atrás».
Trató de detenerla y comenzó a correr cuesta arriba.
En ese momento sobrevino la gran luz.
Fue como si cien soles se encendieran al mismo tiempo.
Después de dos o tres segundos vino el ruido, algo similar a mil truenos que se fueron desencadenando poco a poco, y después la pequeña onda expansiva, que pasó apenas a unas decenas de metros sobre la cabeza del aterrado Lot, protegido por las cumbres de Ben Hasset.
De todas maneras la onda sísmica lo botó al suelo, y allí permaneció sin entender lo que estaba ocurriendo.
Algunos instantes después, un pesado olor a azufre comenzó a sentirse en el ambiente. Era el sulfuro de selenio ocupado en el iniciador, el que además hacía la reacción más limpia.
Como la fusión se realizaba sobre los 8.000º C y a nivel de los componentes del núcleo, los elementos cambiaban aleatoriamente, teniendo los más fantásticas consecuencias sobre la materia orgánica.
El hidrógeno, por ser un elemento tan simple, desaparecía, formando átomos y moléculas más complejas. Así es como las moléculas de agua eran reemplazadas por sales de calcio, sodio o silicio.
Finalmente después de varios minutos Lot logró ponerse de pie y recordó el incidente con su mujer. Trepó los 50 metros que lo separaban de la cumbre y miró hacia abajo. ¡No lo podía creer! Todo el paisaje había cambiado.
Donde poco antes aparecían orgullosas Sodoma y su vecina Gomorra, ahora sólo se veía una neblina espesa.
Restos calcificados de árboles y objetos domésticos se veían por doquier.
La atmósfera ahora se había tornado mucho más fétida e irrespirable.
A pesar de que se encontraba en la cima y miraba hacia abajo, su mujer no se veía por ninguna parte.
Después de algunos instantes de desconcierto comenzó a bajar la pendiente hacia lo que antes había sido Sodoma.
Curiosamente el suelo estaba caliente y duro, por lo que era bastante difícil bajar, ya que sus sandalias resbalaban en ese extraño piso.
Trató de ayudarse con las manos para bajar, pero la temperatura del suelo era muy alta, lo que empezó a causarle dolor y quemaduras.
Bajó como 30 metros, por lo que aún se notaba que era la silueta de un camino, y de repente notó que casi pegada al cerro se alzaba una extraña piedra.
Se acercó un poco más y comenzó a notar los detalles.
¡No, no podía ser!
Pero sí, era. Esos ojos pequeños y esa boca curvada hacia abajo en señal de mala leche, las conocía demasiado bien. Ese grueso bello bajo la nariz, sobre el labio superior...
Parecía una estatua de su mujer, pero ¿quién se iba a mortificar en hacerle una estatua a ese energúmeno?
En eso estaba pensando cuando recordó las palabras del ángel Samaniel:
—Pase lo que pase, no volváis ni miréis hacia atrás.
Luego recordó todas sus oraciones.
¿Podría ser?
Se acercó más aún, y mojando su dedo índice en saliva lo pasó por la frente de la estatua, luego lo puso en la punta de su lengua.
Sabía a sal.
¿Podría ser?
En eso estaba cuando vio cómo, a la distancia desde el este, más allá de donde habían estado Sodoma y Gomorra, un punto luminoso cuyos colores cambiaban del amarillo al rojo y al violeta, se elevaba hacia el cielo y luego haciendo un brusco viraje se perdía en el infinito.
¡Sí, era una señal!, ¡Era el Carro de Fuego de los ángeles!
Allí lo comprendió todo.
Una amplia sonrisa de felicidad llenó su rostro y luego echó a correr como enajenado cuesta arriba, saltando y riendo.
—¡¡GRACIAS SEÑOR!! por escuchar los ruegos de este humilde servidor, GRACIAS SEÑOR por escuchar mis oraciones, ¡Por fin me la quitaste de encima! Tú me la diste, Tú me la quitaste: GRACIAS, GRACIAS.
REALIDAD ACTUAL
En el lugar bíblico en que alguna vez se levantaron las ciudades de Sodoma y Gomorra (Ammorha), existe hoy una gran depresión. Allí se ha formado algo que hemos dado en llamar el Mar Muerto y que se encuentra a cerca de 400 metros bajo el nivel del mar. Ese es el lugar más bajo del planeta. Tiene 76 Km de largo por no más de 16 de ancho y a lo largo sirve de límite entre Israel y Jordania.
El llamado Mar Muerto es en realidad un lago, donde es tal la concentración de sales, que no permite la existencia de ningún organismo vivo. El agua es viscosa y tan densa que una persona puede flotar sin necesidad de moverse o nadar.
Su formación es reciente y se debe a la acumulación del agua que proviene especialmente del río Jordán y de una serie de arroyuelos que bajan de las montañas vecinas, incluyendo a las termas de Maen y Wadi Al Mowgib.
Esta agua ha estado fluyendo por siglos hacia la depresión sin tener salida, disolviendo de esa manera las sales existentes en el terreno, tales como cloruro de sodio, cloruro magnésico, cloruro de potasio, bromuro magnésico y muchas otras sustancias. Luego se ha ido evaporando debido a las altas temperaturas y a la gran radiación solar, existente en el lugar, transformándose en la «sopa» que es actualmente.
Al Este se encuentra la meseta de Moab, a cuyas montañas de hasta 1.200 metros de altura, hasta hace poco era muy difícil llegar, incluso a pie. Trozos de roca negra fundida aparecen a cada rato en los alrededores, en formas que no son nada de comunes en la naturaleza.
Según la opinión de los geólogos, un gran evento debe de haber ocurrido no hace mucho tiempo, probablemente el responsable de los cambios en el entorno del lugar, ya que según ellos, las capas geológicas están exactamente al revés, como si alguien las hubiera dado vuelta. Hay trozos de roca que están vitrificados, proceso que para efectuarse necesita, altísimas temperaturas.
En la actualidad se ha construido una carretera que rodea las montañas y desde la cual, saliéndose un poco, se puede llegar a este lugar, el que aún ni siquiera tiene nombre.
¿Podría ser esto lo que queda de la Mujer de Lot?

La destrucción de Sodoma y Gomorra en ánime
ADVERTENCIA: Esto es solamente una ficción, de cómo podrían haber sucedido ciertos hechos históricos, de los cuales hemos oído hablar muchas veces, pero que siempre han sido una incógnita para nuestra plena comprensión y aceptación. No creemos que los personajes históricos hayan sido todos tontos graves, así es que nos permitimos ciertas licencias, con las cuales no pretendemos ofender a nadie.
Eran aproximadamente las tres y media de la tarde y el sol pegaba fuerte en el desierto de la meseta de Judea. Uriel y Samaniel aguantaban estoicamente los 42º C y caminaban con energía con rumbo 236, tal como se les había indicado.Hacía menos de 20 minutos que habían salido de la tienda de ese tal Abraham, donde se había realizado la última reunión y poco más de 8 horas desde que habían sido tele-transportados desde la gran nave que orbitaba la Tierra, a más de 680 Kms de distancia.
No conversaban, ya que entre ellos podían leerse el pensamiento, el que para ambos era igual: terminar lo antes posible esta misión, volver a la nave con su aire acondicionado y luego retornar a casa. ¡Ya llevaban demasiado tiempo fuera!
Todo habría sido más fácil si no hubiera existido ese famoso Lot y su familia.
Gabriel podría haber quemado inmediatamente el exceso de combustible nuclear que habían acumulado en todos estos años, y luego echárselas rápidamente para la casa.
Pero no. El tal Lot, a quien no conocían, se le había ocurrido irse a vivir a Sodoma, ese pueblo cercano al depósito, y del que tanto se cuchicheaba y se hacían bromas en la nave.
Lo peor era que Lot era sobrino de Abraham, quien era amigo de Gabriel, y que además cumplía con todos los mandamientos. No podían sacrificarlo a él también, pero... ¡Cómo se le ocurría irse a vivir allí, con todos esos pecadores degenerados!
Ahora ellos tenían que ir a sacarlo antes de la explosión, la que a más tardar debería realizarse a las 07:18 del día siguiente, para así poder abandonar la gravedad terrestre antes de la hora H, que era las 08:06. Quedaban 14 horas y 23 minutos.
No fuera cosa que se pusiera porfiado y no quisiera salir. Con estos judíos podía esperarse cualquier cosa, eran tan burros.
Siguieron caminando por otros 15 minutos hacia un montículo que se veía a lo lejos.
Al acercarse vieron que se trataba de un letrero escrito en arameo, en el que se podía leer:Sodoma: 27 estadios.¿Qué significaría eso? ¿Cuales eran las equivalencias?
Gomorra: 56 estadios.
Desgraciadamente no había puesto mucha atención cuando los aleccionaron antes de bajar. Sólo recordaba que un estadio tenía 8,76 cañas y una caña 3,217 codos y un codo 9,3 palmos, pero eso traducido a U.U. ¿cuanto sería?
—Ya casi estamos allí —dijo Samaniel, adivinando los problemas de su compañero.
—Ya estaba bueno —protestó Uriel—. Esta sandalia que me dieron me queda grande y se me anda saliendo a cada rato. ¿Por qué no podemos venir acá con nuestras propias botas?
—Cómo se te ocurre. ¿Dónde has visto ángeles con botas?
—Pero si con estas polleras largas no se notarían.
—Calla, que allí viene un pastor - ¡La paz sea contigo, buen hombre!
—Paz forastero, ¿hacia donde os dirigís?
—A Sodoma, a entregar un mensaje.
—Tened cuidado con sus habitantes, yo me escapé jabonado.
—¿Cómo así?
—Entré a la plaza mayor a comerciar mis ovejas, pero fui sorprendido por una banda de fascinerosos que me persiguieron con inconfesables fines.... El que tenga oídos que escuche... Logré escapar yo, más no así algunas de mis ovejas... Bueno, total de todas maneras las iba a vender —agregó el pobre pastor consolándose.
Lamentablemente, Uriel y Samaniel habían sido tan bien criados y educados, antes de salir a esta misión, sin ver malos ejemplos, que nada entendieron de lo que intentó decirles el pastor, así es que siguieron su camino para cumplir con su deber.
Pronto cruzaron las murallas de la ciudad y se internaron entre sus callejuelas.
No dejó de impresionarlos el Palacio del Ayuntamiento, pintado de color rosa, o el Sanedrín de un beige barquillo.
No podía negarse que en arquitectura y paisajismo los sodomitas tenían muy buen gusto, aunque un poco recargado, según Samaniel.
También los emocionó la propaganda callejera.
Sobre el Palacio de Gobierno había un gran letrero que decía: «El Camino a la Felicidad es el Recto».
—¡Que bien! —pensaron ambos servidores del Señor.
Ahora buscaban la casa de Lot: Las Jacarandas 027.
No estaba. Había Las Higueras, Los Olivos, pasaje Las Higuerillas, los Sicomoros, pero Jacarandas nada.
Decidieron preguntarle a un hombre que pasaba. Este era chico, moreno y tuerto.
—Decidme hombre, ¿conocéis la calle Los Jacarandas?
—Uy, no. Fijesé que yo no soy de aquí, yo soy de Gomorra fijesé. Vine a ver a un amigo. Pero las calles con nombres de flores están para el otro lado, fijesé.
Era impresionante como el hombre incrustaba su mirada en ambos ángeles.
—Gracias, la encontraremos —dijo Samaniel con una hermosa sonrisa.
—Chao —dijo el hombre lentamente y mirándolos de reojo hacia arriba.
—Chao —repitió Uriel extrañado.
El hombre se retiró, pero cuando estaba como a 20 metros de ellos, se dio vuelta y gritó:
—¡Mijitos ricos! —y salió huyendo.
Uriel y Samaniel no supieron qué pensar. Raro el tipo.
Finalmente dieron con la dirección. Era una casa como cualquiera otra de la vecindad, en la que por supuesto no se veía ningún jacaranda. La puerta estaba abierta y afuera sentado en la vereda, tomando aire de la tarde, se encontraba el propio Lot.
Inmediatamente reconoció a los ángeles por su estatura, se levantó a recibirlos y se inclinó hacia el suelo.
—Bienvenidos señores, os ruego que entréis a casa de vuestro siervo.
—Gracias hombre, ¿eres tú Lot, sobrino de Abraham, hijo de Taré? —alcanzó a preguntar Samaniel, antes de que desde adentro se escuchara una chillona voz femenina.
—Loty, ¿quién es?
—Son los Ángeles, m'hijita.
—Que se limpien los pieees.
—Si m'hijita.
—¡Es que yo no me voy a pasar toda la vida limpiando! Tú por lo menos podrías haber barrido la vereda para que no entrara tierra. La última vez que vinieron tus amigos....
—M'hijita, es que esos no eran ángeles.
—No os preocupéis mujer. Nosotros sólo venimos a dejaros un mensaje y luego nos retiraremos —alcanzó a decir Samaniel.
—Señores, no podéis hacerme eso, ya luego caerá la noche. Concededme el honor de hospedaros —dijo Lot compungido.
—No os preocupéis buen hombre, nosotros nos arreglamos en cualquier lugar —dijo Samaniel.
—Señores, por favor, no despreciéis el hogar de este humilde siervo. Además la ciudad es peligrosa de noche.
—Bueno, si insistes —se adelantó Uriel.
—Señores pasad, allá al fondo a la derecha, podréis lavaros vuestros pies.... Mi amooor, prepárenos algo de comer.....
—¡No hay levadura!
—Bueno, unas aceitunitas que sea, y haga el pan sin levadura.
—Usté sabe que así no sube. Además con la porquería de horno que tenemos, quizás cuánto se va demorar. La leña que trajeron esos amorreos no sirve para nada, y además te engañaron. Eso nunca es un efa de leña, ni siquiera son cinco gomer. En Ur, en casa de mi padre, le comprábamos la leña a los caldeos y esa si que era leña, no como....
—Mi amorcito... ¿nos deja conversar, por favor?...
—Claro, solamente lo que tú hablas tiene importancia.
—Por favor, callad un momento que traemos importantes nuevas del Señor.
—Ohhh —fue lo único que se le ocurrió decir al pobre Lot.
—Sí. Esta ciudad será destruida por su iniquidad —dijo Uriel adelantándose y cerrándole un ojo a su compañero.
—Sí, por su iniquidad —repitió Samaniel.
—¿Toda Sodoma? —preguntó Lot incrédulo.
—Sí, y además Gomorra.
—Supongo que esta no será una broma —balbuceó Lot.
—¿Qué es lo que van a destruir? —gritó la mujer desde la cocina.
—Toda la ciudad, mhijita.
—¡Cómo! ¿Y esta casa?
Se produjo un embarazoso silencio, y luego Samaniel dijo compungido:
—También.
La mujer salió de la cocina indignada.
—¿Cómo es posible? ¡Ahora salen con eso! ¿Por qué no avisaron antes? Acabamos de cambiar el piso, y ni siquiera hemos terminado de pagarla....
—¡Mejor! —saltó Uriel, aunque luego tuvo que arrepentirse ante la mirada disciplinaria de su compañero.
—Supongo que Alguien nos pagará los daños.... Si no, qué saca una con seguir los mandamientos..... Yo siempre le dije a este tonto....
—Pero..... ¿perecerán todos? —gimió Lot, mirando el bello rostro del ángel.
—Todos.
—Pero si hubiera algunos justos.....
—Mira —dijo Samaniel conciliador—, eso ya lo discutió tu tío con el Señor, pero no se encontró a nadie. Aquí el que no es gay es estafador, ladrón o ufólogo. No hay caso.
—Bueno y ¿quién se encargará del traslado? —inquirió la mujer— porque las cosas que nosotros tenemos son finas, incluso tenemos algunas vasijas que trajimos desde Ur, y que ni aquí ni en otra parte se encuentran. También las niñitas tienen que llevar lo que es de ellas, porque cuando encontremos con quien casarlas.........
—Deberemos partir de mañana —zanjó Samaniel, ya algo molesto.
—Claaaro, y con el apuro no vamos a alcanzar a recuperar las cosas que este tonto de mi marido ha prestado por toda Sodoma, a pesar de lo que siempre yo le he dicho, que.........
En eso estaban cuando se escucharon fuertes ruidos y murmullos en la calle, seguidos por potentes golpes en la puerta de entrada.
—Lot, sobrino de Abraham, hijo de Taré, ¡Abrid la puerta! —se escuchó decir a una engolada y aguardentosa voz.
—¡Escondeos señores, son ellos! —tartamudeó Lot.
—¿Dónde están los hombres que vinieron a tu casa esta noche? ¡Sácalos! ¡Queremos conocerlos! —gritaron desde fuera.
—Ningún problema —dijo inocentemente Samaniel abriendo la puerta—. Nosotros mismos nos presentaremos.
—¡Nooo, señor! —gritó Lot— ¡¡Hablan en sentido bíblico!!
Ya era tarde, Samaniel había abierto la tranquera y una multitud trataba de ingresar por la angosta puerta. Sin embargo el ángel, con la cooperación de su compañero y pensando en la limpieza del piso de la mujer de Lot, empujó hacia afuera, arrastrando con facilidad a la mayoría de los sodomitas.
Afuera varios rodearon a Uriel.
—Contigo queríamos conversar, bello dátil del desierto.
—Sí, sí, pero quitadme la mano de ahí.
—Eres alto y esbelto como una palma.
Samaniel no se las llevaba mejor. Lo habían rodeado varios individuos con el velludo torso desnudo y muñequeras negras de cuero, que trataban de susurrarle cosas en el oído.
Lot aterrado contemplaba todo esto desde la puerta de su casa, acompañado por su mujer y sus dos hijas. Estas últimas observaban con lascivia y entre risitas lo que estaba ocurriendo. Habían crecido en ese ambiente, se estaban divirtiendo. Ellas no solamente habitaban Sodoma, sino que Sodoma había terminado por habitar sus corazones.
—Por favor, amigos míos —se atrevió a decir Lot— no vayan a hacer una cosa tan perversa. Yo tengo dos hijas que todavía no han conocido varón (ahora las risitas de las muchachas se transformaron en carcajadas). Voy a sacarlas para que ustedes hagan con ellas lo que quieran, pero no les hagan daño a estos hombres, porque son mis invitados.
Recién ahora Samaniel vino a caer en la cuenta de qué se trataba.
Una ola de santa indignación lo invadió. De un solo empujón se deshizo de los que lo rodeaban y gritando: «¡Uriel, hade ben assá!», se parapetó contra la muralla.
Su compañero reaccionó al unísono y extrayendo un pequeño aparato dorado de entre sus ropas, cerró los ojos y disparó contra la multitud.
Una luz blanca cien veces más potente que un arco voltaico invadió el ambiente por unas centésimas de segundo, penetrando a través del cristalino y quemando la retina de los que mantuvieron los ojos abiertos. Luego sólo se escucharon quejidos.
—Entremos —mandó Samaniel.
Ya todos estaban adentro cuando Lot se dio cuenta de que sus hijas no estaban. Desesperado volvió a buscarlas. Tuvo que saltar por entre los cuerpos de los sodomitas que se arrastraban por el suelo absolutamente ciegos.
—Aaaaayyy... Eliyah, ¿dónde estás?
—Animaaal..... mira, se me quemaron las pestañas.... uuuyyyy.
—¿Cómo quieres que mire, si no veo ná?
—¡Maldito goim, me quemaste la cara, me va a quedar la cicatriz!
El olor era intolerable. Una mezcla de sudor masculino con perfumes como pachulí y sándalo, además del hedor a pelo quemado. Todos tenían sus manos en el rostro, algunos sollozaban quedamente.
Como a 20 metros de distancia y ayudado por la luz de la luna, Lot divisó a sus hijas. Estaban agachadas en la oscuridad tratando de reanimar a uno de los caídos.
—Leth, Leth..... somos nosotras ¿Donde está Jazmín?
—No seeee...... no veo nada.
—Levántate, salgamos de aquí.
—¡Hijas! —gritó Lot— ¿Qué hacen aquí?
—¡Pero padre, no dijiste que.....!
—¡Adentro!
—Pero tú a ellos les prometiste.....
—¡¡Adentro!!
De mala gana las muchachas entraron a la casa.
Ahora la figura de Samaniel había adquirido un extraño brillo. Sus ojos azul intenso, parecían escupir fuego. Ya no era el humilde y condescendiente gigantón de hace pocos instantes. Con una sola mano tomó a Lot por sus ropas a la altura del pecho y lo sentó sobre la mesa.
—¿Tenéis más familiares aquí?
—....No.......yo.....
—Toma a tus hijos, hijas y yernos, y todo lo que tengas en esta ciudad; sácalos y llévatelos lejos de aquí, porque vamos a destruir este lugar.
—...Si...
—Ya son muchas las quejas que el Señor ha tenido contra la gente de esta ciudad, y por eso nos ha enviado a destruirla.
—...Si...
—Ahora levántate y prepara todo, que no tienes mucho tiempo.
La mujer de Lot, que debido a la sorpresa había permanecido hasta entonces callada, volvió a la carga:
—Bueno, aún no hemos arreglado el asunto del lugar donde iremos a vivir. Mire que las niñas están acostumbradas a tener su propia....
—¡¡Calla, mujer!! —ahora fue Uriel quien rugió— ¡Trata de salvar tu propia vida!
Nunca la habían tratado así, así es que la mujer ni chistó. Solo pensó:
«Ayyy, Si mi marido fuera alguna vez así.....».
En esa casa, esa noche nadie durmió, y antes del alba Samaniel se acercó a Lot que dormitaba apoyado en la mesa del comedor, y lenta y dulcemente le dijo en voz baja:
—Levántate, toma tu mujer, y tus dos hijas que se hallan aquí, para que no perezcas en el castigo de la ciudad.
Al despertar, Lot estaba paralogizado, sus ojos se encontraban fijos en el vacío y su boca entreabierta. No atinaba a hacer nada. No hablaba.
Lo que había visto y oído en esas últimas 12 horas era demasiado para un simple comerciante judío. Creía firmemente en el Dios de sus padres, pero nunca había visto su poder tan de cerca, y ahora iba a ser testigo de la aniquilación de dos ciudades.
Siempre había abominado de los habitantes de Sodoma y Gomorra por sus pervertidas costumbres, pero ahora.... después de ver esa caricaturesca escena en la puerta de su casa..... solo tenía pena...... pena y miedo. Sí, mucho miedo.
Desde las habitaciones interiores apareció Uriel acompañado de la mujer y las hijas de Lot.
—Vamos —dijo.
Lot ni se movió.
Ambos ángeles se miraron. Era obvio que ese hombre estaba bloqueado, y que ninguna palabra podría moverlo. Ya estaban acostumbrados.
Samaniel acarició la cabeza de Lot y blandamente lo tomó de la mano. Lo mismo hizo Uriel con la mujer y las hijas, y así tomados todos de la mano salieron de la vivienda.
Las calles estaban vacías, aunque de vez en cuando aparecía uno que otro rostro tras alguna ventana o incluso alguien en las esquinas, que al verlos huía.
Se había corrido la noticia del extraño poder de esos hermosos extranjeros.
Así caminando, llegaron a las afueras de la ciudad y Samaniel se dirigió a Lot:
—¡Ahora corre, ponte a salvo! No mires hacia atrás, ni te detengas para nada en el valle. Vete a las montañas, si quieres salvar tu vida.
Lot con la caminata y el aire fresco de la noche, se había recuperado y en esos momentos estaba recién tomando conciencia, aterrado, de lo que ocurría:
—¡No señores míos, por favor! Así, con todas las cosas que cargan mi mujer y mis hijas, jamás llegaríamos a tiempo a las montañas.
Uriel y Samaniel miraron la llanura hacia El Lissan.
Lo que acababa de decir el judío podía ser cierto. Las montañas de Hebrón se encontraban a bastante distancia y a ese paso, el hombre y su familia demorarían cerca de una hora en llegar.
En esos momentos Amiel y Misael ya deberían de haber puesto el detonador y seguramente se dirigían al teletransportador. La reacción nuclear no tardaría más de cincuenta minutos en producirse.
Incluso ellos corrían peligro, ya que el regreso al punto de encuentro les tomaría sus buenos 45 minutos. No podían seguir acompañando a Lot y su familia, ya que iban en sentido contrario.
—Señores —clamó Lot—, cerca de aquí hay una ciudad pequeña, a la que puedo huir. ¡Déjenme ir allá para salvar mi vida!
—¿Qué es esto? —pensó Uriel.
—Se trata de Zoar —le respondió telepáticamente Samaniel—, una ciudad pequeña y que se encuentra al noroeste y a mucho menor nivel que las otras, es probable que sobreviva a la onda expansiva.
—Te he escuchado y voy a hacer lo que me has pedido. No voy a destruir la ciudad de que me has hablado —total, no estaba en la lista, pensó— pero ¡anda! vete allá de una vez, porque no puedo hacer nada, mientras no llegues a ese lugar.
El pobre hombre no hallaba como agradecer a los ángeles, e intentó tomar la mano de Samaniel y besarla, este la retiró y en tono autoritario dijo:
—¡Vete!
La mujer lo tomó de la manga y acercando su boca al oído de Lot, le susurró:—Anda, aprovecha ahora para pedirles.....
—Ahora no m'hijita.
Los ángeles se alejaron caminando rápidamente hacia Idumea al sur de Hebrón. El sol aún no comenzaba a aparecer al otro lado de las montañas.
Lot caminaba, miraba al cielo y oraba. Sus hijas le seguían de cerca ahora mucho más serias, aunque todavía incrédulas. La mujer refunfuñaba.
—Lot, sobrino de Abraham, perfectamente podrías haberles dicho que......
—¡Esperen! —dijo Lot— Ustedes sigan adelante, yo necesito orar.
—Claaaro, con eso lo arreglas todo —dijo la mujer, pero siguió caminando.
Lot dobló sus rodillas y extendió sus brazos en cruz. Su oración era un murmullo ininteligible. Así permaneció como dos minutos, después de los cuales se le oyó decir:
—Señor, escucha Señor mi ruego.....
Luego, con su mirada perdida entre los arreboles del amanecer, siguió caminando hasta unirse al grupo.
Siguieron andando hasta llegar a Ben Haseth, donde el camino comenzaba a bajar hacia Zoar. La mujer no dejaba de hablar, pero ahora con sus hijas:
—¡Vieron!, hagan algo ustedes, ¡Díganle!, porque tendrían que pagarnos por lo menos la casa. Si no aprovechamos ahora........
El sol comenzó a mostrarse en el horizonte.
Lot lo contemplaba aterrado, aunque no podía dejar de escuchar los reclamos de su mujer.
—Claro, ellos se van y qué les importan las cosas de los demás. Después de haber venido a la casa varias veces a comer cordero, ahora llegan y se van y no se acuerdan de nosotros, y este marido tonto y santurrón que Yahvé me dio.....
Así, de hinojos y de vez en cuando levantando sus brazos al cielo el pobre hombre seguía murmurando. Las mujeres ahora discutían acaloradamente en la mitad de la bajada hacia Zoar. Una de las hijas decía:
—Pero madre, no alegues tanto; tú tampoco fuiste capaz de reclamarles nada, siempre culpas a mi padre de todo.
—¡Ahhhhh! Claro, porque uno tiene buena educación y deja hablar al marido. ¿Ustedes creen que les tengo miedo a ese par de monstruos? No porque mi marido no tenga agallas, por no decir otras cosas, yo no voy a ser capaz de cantárselas claras, ahora van a ver..... —y partió de vuelta, subiendo el camino por el que recién había bajado.
Ya la mitad del sol había ascendido en el horizonte.
La mujer en su carrera se cruzó con Lot que venía bajando y este trató de detenerla.
—Mujer, ¿dónde vas?
—¡A cantárselas claras a ese par de amigotes tuyos! ¿Qué se habrán creído?, que por que ellos son ángeles......
—¡Mujer, espera!
—Tú espera. Y ora todo lo que se te antoje, que yo te voy a enseñar lo que es tener pantalones.
—¡Espera! Recuerda que nos advirtieron que no debíamos de volver atrás.
La mujer lo ignoró, e incluso apuró el paso hasta llegar a la cumbre de Ben Hasset, desde donde comenzó a bajar hacia Sodoma.
Lot vio como su mujer desaparecía en la cumbre y recordó las advertencias del ángel: «Por ningún motivo volváis atrás».
Trató de detenerla y comenzó a correr cuesta arriba.
En ese momento sobrevino la gran luz.Fue como si cien soles se encendieran al mismo tiempo.
Después de dos o tres segundos vino el ruido, algo similar a mil truenos que se fueron desencadenando poco a poco, y después la pequeña onda expansiva, que pasó apenas a unas decenas de metros sobre la cabeza del aterrado Lot, protegido por las cumbres de Ben Hasset.
De todas maneras la onda sísmica lo botó al suelo, y allí permaneció sin entender lo que estaba ocurriendo.
Algunos instantes después, un pesado olor a azufre comenzó a sentirse en el ambiente. Era el sulfuro de selenio ocupado en el iniciador, el que además hacía la reacción más limpia.
Como la fusión se realizaba sobre los 8.000º C y a nivel de los componentes del núcleo, los elementos cambiaban aleatoriamente, teniendo los más fantásticas consecuencias sobre la materia orgánica.
El hidrógeno, por ser un elemento tan simple, desaparecía, formando átomos y moléculas más complejas. Así es como las moléculas de agua eran reemplazadas por sales de calcio, sodio o silicio.
Finalmente después de varios minutos Lot logró ponerse de pie y recordó el incidente con su mujer. Trepó los 50 metros que lo separaban de la cumbre y miró hacia abajo. ¡No lo podía creer! Todo el paisaje había cambiado.
Donde poco antes aparecían orgullosas Sodoma y su vecina Gomorra, ahora sólo se veía una neblina espesa.
Restos calcificados de árboles y objetos domésticos se veían por doquier.
La atmósfera ahora se había tornado mucho más fétida e irrespirable.
A pesar de que se encontraba en la cima y miraba hacia abajo, su mujer no se veía por ninguna parte.
Después de algunos instantes de desconcierto comenzó a bajar la pendiente hacia lo que antes había sido Sodoma.
Curiosamente el suelo estaba caliente y duro, por lo que era bastante difícil bajar, ya que sus sandalias resbalaban en ese extraño piso.
Trató de ayudarse con las manos para bajar, pero la temperatura del suelo era muy alta, lo que empezó a causarle dolor y quemaduras.
Bajó como 30 metros, por lo que aún se notaba que era la silueta de un camino, y de repente notó que casi pegada al cerro se alzaba una extraña piedra.
Se acercó un poco más y comenzó a notar los detalles.¡No, no podía ser!
Pero sí, era. Esos ojos pequeños y esa boca curvada hacia abajo en señal de mala leche, las conocía demasiado bien. Ese grueso bello bajo la nariz, sobre el labio superior...
Parecía una estatua de su mujer, pero ¿quién se iba a mortificar en hacerle una estatua a ese energúmeno?
En eso estaba pensando cuando recordó las palabras del ángel Samaniel:
—Pase lo que pase, no volváis ni miréis hacia atrás.
Luego recordó todas sus oraciones.
¿Podría ser?
Se acercó más aún, y mojando su dedo índice en saliva lo pasó por la frente de la estatua, luego lo puso en la punta de su lengua.
Sabía a sal.
¿Podría ser?
En eso estaba cuando vio cómo, a la distancia desde el este, más allá de donde habían estado Sodoma y Gomorra, un punto luminoso cuyos colores cambiaban del amarillo al rojo y al violeta, se elevaba hacia el cielo y luego haciendo un brusco viraje se perdía en el infinito.
¡Sí, era una señal!, ¡Era el Carro de Fuego de los ángeles!
Allí lo comprendió todo.
Una amplia sonrisa de felicidad llenó su rostro y luego echó a correr como enajenado cuesta arriba, saltando y riendo.
—¡¡GRACIAS SEÑOR!! por escuchar los ruegos de este humilde servidor, GRACIAS SEÑOR por escuchar mis oraciones, ¡Por fin me la quitaste de encima! Tú me la diste, Tú me la quitaste: GRACIAS, GRACIAS.
REALIDAD ACTUALEn el lugar bíblico en que alguna vez se levantaron las ciudades de Sodoma y Gomorra (Ammorha), existe hoy una gran depresión. Allí se ha formado algo que hemos dado en llamar el Mar Muerto y que se encuentra a cerca de 400 metros bajo el nivel del mar. Ese es el lugar más bajo del planeta. Tiene 76 Km de largo por no más de 16 de ancho y a lo largo sirve de límite entre Israel y Jordania.
El llamado Mar Muerto es en realidad un lago, donde es tal la concentración de sales, que no permite la existencia de ningún organismo vivo. El agua es viscosa y tan densa que una persona puede flotar sin necesidad de moverse o nadar.
Su formación es reciente y se debe a la acumulación del agua que proviene especialmente del río Jordán y de una serie de arroyuelos que bajan de las montañas vecinas, incluyendo a las termas de Maen y Wadi Al Mowgib.
Esta agua ha estado fluyendo por siglos hacia la depresión sin tener salida, disolviendo de esa manera las sales existentes en el terreno, tales como cloruro de sodio, cloruro magnésico, cloruro de potasio, bromuro magnésico y muchas otras sustancias. Luego se ha ido evaporando debido a las altas temperaturas y a la gran radiación solar, existente en el lugar, transformándose en la «sopa» que es actualmente.
Al Este se encuentra la meseta de Moab, a cuyas montañas de hasta 1.200 metros de altura, hasta hace poco era muy difícil llegar, incluso a pie. Trozos de roca negra fundida aparecen a cada rato en los alrededores, en formas que no son nada de comunes en la naturaleza.
Según la opinión de los geólogos, un gran evento debe de haber ocurrido no hace mucho tiempo, probablemente el responsable de los cambios en el entorno del lugar, ya que según ellos, las capas geológicas están exactamente al revés, como si alguien las hubiera dado vuelta. Hay trozos de roca que están vitrificados, proceso que para efectuarse necesita, altísimas temperaturas.
En la actualidad se ha construido una carretera que rodea las montañas y desde la cual, saliéndose un poco, se puede llegar a este lugar, el que aún ni siquiera tiene nombre.
¿Podría ser esto lo que queda de la Mujer de Lot?

La destrucción de Sodoma y Gomorra en ánime
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